Un viaje hace 10 años. Un viaje ligado al nacimiento de Ideesfixes.cat, a un cambio de profesión, de vida y de perspectiva frente al mundo.

De este viaje nació un cuaderno de viaje del que publiqué 2000 ejemplares en catalán. Ahora en este blog me propongo publicar una versión revisada y ampliada del sencillo cuaderno.

Primera edición en catalán de mi libro.

 

INTRODUCCIÓN

¿Quiénes somos?

Associació Ideesfixes.cat es una asociación sin ánimo de lucro legalmente constituida en Cataluña, España. Cataluña es una comunidad autónoma competente para legislar éste y otros aspectos.

Nacimos con un proyecto: realizar un viaje en bicicleta por Brasil, unido a un proyecto educativo para jóvenes adolescentes: Dar a conocer la realidad de nuestro país y del entorno europeo a los jóvenes brasileños del Brasil quizá menos turístico, mediante una serie de charlas más o menos organizadas.

Escogimos como punto de partida un lugar emblemático para el deporte de la bicicleta de montaña en Brasil y en todo el continente sudamericano, el estado de Minas Gerais y, más concretamente, la ciudad de Mariana, una de las ciudades históricas del Brasil.

Praça Minas Gerais, Mariana, Brasil

La llegada tenía que ser el río Amazonas, alma de Brasil, símbolo de una naturaleza en estado puro y de unas gentes que se debaten entre la supervivencia, la modernidad, sociedades frías y la preservación de un entorno natural armónico.

Puesta de sol en el Amazonas

 

El viaje tuvo lugar entre el 17 de marzo y el 31 de mayo de 2012, en un Brasil gobernado por Dilma Rousseff, continuadora de los planes de Luis Inázio Lula da Silva en lo que nos atañe, una etapa que por lo que respecta a la educación pública, representó un período de mejoras en la necesitada red pública de centros educativos y también del intento de introducir la lengua española como materia curricular por ser la lengua oficial de casi todos los países limítrofes.

 

Mapa de las primeras etapas

Mapa de las primeras etapas

 

Nómadas del S XXI

Ideesfixes.cat como proyecto está muy unido a lo que yo en su día nombré y luego fue denominación común nómadas del siglo XXI, neo-nómadas o, más recientemente nómadas digitales. (1)

(1)

Meggan Snedden (30 August 2013), When work is a nonstop vacation, BBC.com – Capital

Australia.

Fernández Vicente, Antonio. Nomadismos contemporáneos: formas tecnoculturales de la globalización Universidad de Murcia, 1ª edición, Murcia, 2010. ISBN 978-84-8371-651-9

 

Si en los años 1970’s comienza una revolución que cuestiona los principales valores de la cultura occidental y de un período de cierta estabilidad económica y en valores tras la Segunda Guerra Mundial, el nomadismo ejercido de una forma frívola por parte de los privilegiados se conjuga paralelamente con los movimientos demográficos motivados por la necesidad. Teníamos también como referencia las gestas de grandes aventureros, la vocación nómada de  la enseñanza los sofistas, un cóctel de voluntades de aportar algo positivo a este mundo y una etapa vital desbordante de vitalidad.

El nómada es como el docente, sobre todo un ciudadano anónimo, ansioso de libertad y de aprender en cada enseñanza, por las nuevas dudas que se plantean a cada paso, conscientes que que, como más sabemos, más nos alejamos de patrones y verdades absolutas.

 

  • “Lo que importa es el hecho de la tentativa y no su objeto. (…) , el joven que durante algunas semanas o meses se aísla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (las sociedades indígenas también conocen estos matices), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de auto mistificación del grupo, que explica el fenómeno en todos los casos.”

 

Claude Lévi-Strauss. Tristes trópicos.

Partida.

12.12.2012 a las 12:45 (hora de Barcelona,  GMT + 1). Día recurrente en su numerología. Es la hora en que sale mi vuelo hacia Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, Brasil.

Familia, mi mejor amigo, compañero de muchas rutas ciclistas y sobre todo el culpable de estar impregnado por el virus de la bicicleta, Joan Carles Carles y junto a él el pesado equipaje compuesto por la bicicleta, el carrito que voy a llevar en lugar de las habituales alforjas.

Quedan detrás casi ocho meses de preparativos: la ruta, mi proyecto personal, los contactos imprescindibles, el aprendizaje de un rudimentario portugués brasileño y un entreno personalizado con mi amiga Maryan.

Quería que fuera (todos somos egoístas) mi viaje, un viaje diferente, al límite de la aventura, un viaje en el que tuviera cabida un discurso, abrir mentes y puertas, dar una utilidad y ver como da sus frutos el haber acumulado conocimiento a lo largo de una vida. Me iniciaba, por aquel entonces, también como docente, la que sería luego mi profesión tras un cuarto de siglo dedicado a los seguros.

El objetivo es pedalear por un Brasil interior al margen de los destinos turísticos más usuales y, sobre todo, poder ofrecer a unos jóvenes adolescente, una pincelada de Cataluña, de España, de Europa. Una sencilla postal que abra las despiertas mentes de los jóvenes a un mundo y una cultura, si no desconocida, muchas veces idealizada por las ansias de emigrar a un mundo que imaginan más rico, mejor.

Este contacto con las escuelas me permitirá comunicar y salir del anonimato mal aceptado con que se mueve el turista habitual, convirtiéndome además en un personaje casi quijotesco que penetra en sus vida de la mano de su discurso. El escenario, marcado por la sorpresa de sentirse visitados en un mundo suele quedar al margen de miradas y cámaras fotográficas.

AVIÓN HACIA LISBOA

Barcelona-Lisboa , desde allí el gran salto a Brasil. Nervios y despedida. Mi familia es fuerte y nunca podré agradecerles suficiente que entendieran ese viaje.

Quiero dejar que los hechos acontezcan y no ir a la búsqueda de nada concreto, más allá de un más o menos riguroso cumplimiento de la hoja de ruta, trazada durante horas en mi despacho.

Años después he constatado la increíble fuerza de mis hijos, a pesar de que cuatro años después de este viaje viví con dolor la separación de mi mujer, tras más de veinte años juntos.

Vuelo sin incidencia alguna y llego a Belo Horizonte a las 23:45. El primero en sorprenderme es el calor tropical, acompañado de humedad y lluvia cálida.

A pesar de que había establecido un contacto con un brasileño desde Barcelona para recogerme en el aeropuerto, no encuentro a nadie esperándome en la terminal. Me pongo algo nervioso y llamo a mi contacto, a Edgar. Por suerte responde rápido a mi llamada y me dice que está llegando, que la fuerte lluvia que car le ha retrasado.

Edgar es un joven de mediana estatura, más o menos como yo, delgado, algo más moreno de piel. No habíamos podido contactar con anterioridad, a pesar que en 2012 las redes sociales ya habían alcanzado una difusión planetaria que me había permitido hacer algunos contactos en Brasil gracias a Facebook concretamente. Sin embargo mantenemos una conversación fluida en esa lengua de encuentro a caballo des español y del portugués. Me habla de sus proyectos de negocio, de los viajes que ha hecho a Europa, de las minas que explota su familia. Edgar pertenece a una saga familiar relacionada con la explotación de las minas de topacio imperial. Conoce Barcelona, lo cual ayuda a crear un clima más distendido en este encuentro. A los barceloneses nos encanta, en general, hablar de nuestra ciudad.

Llegamos a su casa, un apartamento en un décimo piso en un barrio moderno, donde he visto casas bastante lujosas, tras un tortuoso trayecto por una ciudad que me ha parecido urbanísticamente caótica. El edificio está rodeado de rejas y alambradas.

Me muestra mi habitación, ya tarde. A pesar de que estoy relajado, sólo consigo descansar unas horas. Seguramente sufro las consecuencias del jet-lag y de no haber comido nada durante muchas horas.

13 de marzo de 2012

Me he levantado temprano y he hecho algunas fotografías desde la ventana de la habitación. Altos edificios y casas arregladas, también, muy cerca construcciones sencillas, próximas a las favelas, término que los brasileños han aportado tristemente al vocabulario urbanístico. Desde este hueco, con una perspectiva de 180 y desde la altura, constato los contrastes.

Los árboles del vecindario dejan claro que me encuentro en un país tropical. Me fijo en ellos, en su tamaño, su color. Edgar duerme todavía. Espero paciente la hora del desayuno. Escribo.

14 de marzo de 2012

Ayer (por eso escribo un día más tarde, ya en Mariana) tuve un día de perros en Belo Horizonte. No conseguí llevar a buen fin ninguna de las sencillas gestiones que tenía previstas, a pesar de ir en compañía de Edgar. Tenía que activar una tarjeta de débito y cambiar divisas. Me encontré con bancos fuertemente vigilados por guardias de seguridad que parecían formar parte de un ejército de mercenarios; noté cierto reparo, sino miedo, en Edgar, el cual mostró reparo en entrar en la entidad en mi compañía. En resumen, la tarjeta fue denegada y bloqueada por el cajero automático y aprendí que sólo la oficina principal de los bancos, en las capitales de estado, estaban autorizadas para cambiar divisa. A pesar mío, tendría que llevar conmigo una cantidad de dinero en efectivo que no me parecía segura.

Por la tarde, a las 14:00, con retraso, salí de viaje en autocar en dirección a Mariana, cargado con la bicicleta y todo mi equipaje. Los brasileños son amables i me doy cuenta de que prefieren una solución fácil al enfrentamiento con usuarios o clientes. Bien al contrario de lo que acostumbra a suceder con el común de los funcionarios y empleados de banca del viejo continente, que parecen preferir complicar la vida con la única finalidad de ahorrarse tener que hacer un trabajo adicional que consideran no remunerado (esto es, ayudar desinteresadamente al prójimo). Creo que una suma de pequeñas actitudes positivas, de pequeños detalles, es lo que hace del brasileño un pueblo singularmente feliz, por lo menos a primera vista.

Llegué por la tarde a Mariana, a la parada de ónibus, dónde me esperaba Luiz, Luiz Otávio da Trinidade Bizute, un guía local y excelente persona, que me acompañó al hotel que ha reservado para mí, en pleno centro histórico de la ciudad histórica, el hotel Faisca. Es un hotel caro, pero son pocos días los que voy a estar allí. Voy a pagar el lujo de estar tranquilo, montar la bicicleta y hacer los ajustes necesarios para el viaje, comer bien y, sobre todo, entrar en el proceso de conocer una nueva cultura, una nueva gente.

Hotel Faisca

Un hotel encantador y familiar

Esta mañana, a las nueve, recibo las primeras muestras de la hospitalidad minera. Si bien me he levantado antes y he tomado un copioso desayuno, el cual está servido a partir de las 6, me he entretenido a poner orden al equipaje. A las nueve, como decía, viene a buscarme otro guía de turismo, de la organización de Luiz, Elias, para acompañarme y aleccionarme durante un largo paseo por Mariana sobre la historia, el arte y las costumbres locales. Me siento acogido, con gente con la que creo que voy a ser capaz de compartir mucho, lo cual que hace pensar que lo que estoy a punto de iniciar sea una aventura ni mucho menos una proeza. Tras el paseo vuelvo al hotel. Escribo, contacto con mi familia. Descanso y saco la bicicleta de su caja.

Desembalando la bicicleta

Revisando las piezas. Todo en orden

Balcones de Mariana

Balustras realizadas en “pedra sabão”

Mariana

Las antiguas calles de Mariana con este pavimento empedrado aguantan las lluvias torrenciales del trópico

 

15 de marzo de 2012 Mariana – Ouro Preto

 

Comienza un nuevo día de un modo agradablemente imprevisto. Elias viene de nuevo a buscarme al hotel para dar otro paseo por Mariana, por su vertiente más espiritual o más material y terrenal, según por donde se mire.

Según la reseña histórica, utilizando la mano de obra esclava, los colonos portugueses, propietarios de las minas i, por extensión el brazo espiritual del poder colonizador, acumularon fortunas que les permitieron llevar a cabo empresas a veces faraónicas.

Los esclavos, negros, jóvenes fuertes y bien alimentados hasta los catorce años, comenzaban, adolescentes, una vida de infernal trabajo que, en la mayoría de casos, no iba mucho más allá de los veinticinco cuando, sus cuerpos que consumían agotados después de haber sido sometidos por una curiosa y efectiva combinación de cachaça y malos tratos.

Los colonizadores se hicieron traer de Europa, vía Rio de Janeiro, por mar y después en carros de bueyes, lámparas de cristal de Bohemia, estatuas y otros ornamentos de lujo. Sin embargo aparecieron también artistas locales singulares, que en la época dorada, el S. XVIII, nos dejaron magníficas obras de arquitectura y arte en todas sus vertientes (pintura, escultura, música, orfebrería). Este esplendor tuvo como marco este mundo tropical, un mundo muy distinto y inhóspito para el europeo. Y son precisamente estos contrastes, a veces salvajes, de esplendor y miseria, que dejan su huella en forma de brillantes legados que admiramos de manera estática siglos después.

Visito el museo de Arte Sacro, sólo superado por volumen i valor de la colección por el de Salvador en el estado de Bahía. La obra del gran artista local, Aleijiadinho, es omnipresente, dentro y fuera del museo. Aleijiadinho (el lisiadito en portugués), nacido Antonio Francisco Lisboa, fue el hijo de un colono y de una esclava. Su apodo le viene dado, seguramente, por padecer lepra y, cuenta la historia, que sus ayudantes tenían que atar cinceles y herramientas a sus manos para que pudiera trabajar, debido a la degeneración que sufrían.

Seguidamente, tras beber agua en una fuente, subimos al Seminario. Allí estudiaban, al más puro estilo decimonónico, en práctica clausura, más de sesenta seminaristas. El edificio es sobrio, con las mejores vistas sobre Mariana que pude tomar, dejando su imprenta con su tejado cual ballena extendida en el medio de la montaña tropical.

No quiero olvidar un detalle, pequeño vestigio significativo de la opulencia de antaño, que es la escalinata incrustada de topacios, todo ello en una pulcritud sobria y enmarcada en la ufana vegetación.

 

Al acabar la visita tomamos algo en una lanchonette (casa de comidas) donde pruebo una especie de empanada que denominan salgado (salado) y un riquísimo zumo de frutas.

Por la tarde salgo con Luiz. Vamos a visitar una cascada (cachoeira) en Brumado. Se trata de uno de esos lugares que agrupan a mucha gente los fines de semana, entorno a una especie de merendero. Allí iniciamos un divertido periplo por tabernas locales donde combinamos delicias gastronómicas locales (carrillera de cerdo, pescado de rio – cascudo -…), con abundante cerveza fría.

Acabo la jornada agotado, pero con una apacible, casi letárgica, sensación de felicidad. Al llegar a la habitación caigo en un sueño agradable y reparador.

17 de marzo de 2012 – Empieza el viaje.

Comienzo el día animado, hoy se inicia la aventura. La noche anterior cené bien, en el restaurante el Rancho, una comida calórica típica de la región minera, a base de pollo cocido en una cazuela de piedra (pedra sabao) con verduras y el omnipresente arroz. Al levantarme he desayunado bien también, lo habitual en el hotel Faisca.

La maleta está a punto y me dirijo hacia la Plaza donde se encuentra la Oficina de Turismo; allí me esperan Luiz, Celinho y Marco Antonio, junto a una decena de jóvenes de la escuela Dom Vicioso. Entre ellos se encuentra una chica de mirada penetrante, llena de vida y alegría, que fue fotografiada por Luiz durante mi conferencia, y cuyas fotos encontré en la memoria de mi cámara.

 

Tras un breve intercambio de camisetas con Luiz y Celinho, éste último me regala un libro dedicado: Amazonia; a viagem (quase) impossivel. A primeira travessia da floresta amazonica de bicicleta, escrito el 1978 por la neozelandesa Louise Sutherland … si ahora mi diario se ralentiza es debido a que paso las noches leyéndolo. El libro es una muestra más de la fuerza que poseemos los seres humanos. Volviendo a mi viaje, a mi diario, simplemente recuerdo haber podido tomar pocas fotos, dado que ha llovido prácticamente durante todo el trayecto. De Ouro Preto a Itabirito bajo una lluvia intensa. El paisaje mostraba su verde tropical más intenso. La vía del tren, de mercancías, pasa a vece al lado mismo de la carretera. He observado muchos desprendimientos causados por la lluvia tan frecuente.

Por suerte en la carretera el tráfico es moderado, excepto en el tramo correspondiente a la travesía urbana en la parte alta de Ouro Preto, donde imperaba un caos circulatorio, a pesar (o por causa de) ser sábado

Veo, como el otro día en Mariana, procesiones y manifestaciones religiosas por la calle: creo que será un constante en el país. Esto me recuerda una conversación con Luiz justo antes de marcharme. Luiz me habla de “Candemblé”, de los nombres de Santos, San Jorge-Orixá; San Jerónimo-Shangú, el santo de la justicia y de los abogados. En Brasil las religiones conviven, se solapan, se vuelven sinérgicas. He marchado bajo la protección de Shangú, y, aunque soy poco dado a creencias nuevas, he marchado reconfortado. Uno puede ser agnóstico, incluso ateo, pero sólo los pobres de espíritu se ríen de las creencias que las buenas personas llevan arraigadas. Quien respeta a una persona, debe respetar lo que ella cree.

Me detengo a comer cuando sólo faltan unos 20 km para llegar a Itabirito. Sigue lloviendo. Es una gasolinera con un área y restaurante (lo que llaman lanchonettes) pulcra y con buena comida. Lo que queda de camino hacia Itabirito es plácido.

 

Al entrar en la ciudad ha dejado de llover y recibo muestras de simpatía por parte de los automovilistas locales. Llego a la estación (de tren) donde un joven me recomienda un hotel. Me instalo deprisa para pasar por la ducha y quitarme el pulso y barro marrón – rojizo que cuerpo y ropa han acumulado durante los primeros 50 km de viaje: para el ciclista empedernido: 54,4 km de etapa en casi 6 horas (contando la parada para el almuerzo).

18 de marzo de 2012. Itabirito-Brumadinho

La de hoy ha sido una etapa inesperadamente dura y siento que en lo sucesivoo sufriré el peso del carrito que arrastro con mis pertenencias. Aunque creo que es el mejor sistema para viajar en bicicleta transportando más de 25 kilos de peso, el invento frena mucho en los perfiles tipo tobogán: el peso tira en la subida y limita la velocidad en la bajada (lo peor que puede ocurrir es que el carrito haga la pinza). Los 70 km de hoy han sido esto, subidas y bajadas que me han hecho recordar los entrenos “tobogán” realizados en casa con un programa informático y una biclicleta unida a un carrete, el BKOOL. Los 40 kilómetros finales que separan Trinidade de Paraopeba de Brumadinho transcurren entre un paisaje sumamente verde y el relieve rompedor para las piernas.

Decana de la siderurgia Brasileña (1888)

Me detengo ante la Usina Esperança , cuna de la siderurgia en Brasil, según reza la placa frente al edificio histórico. En 1888 la burguesía local decidió explotar los recursos naturales construyendo esta acería.

Encuentro con dos ciclistas en el puerto del Zheca Tatú

Alexandre, con quien conversé largamente durante el trayecto

 

Relajantes paisajes con suaves colinas.

Bar – biblioteca y museo vintage. Recoge dos de mis pasiones, la bicicleta y el vinilo. El otro también presente, son los libros.

Autocar – biblioteca

 

Impresionantes desniveles el los “Highlands” brasileños

Pista pavimentada entre colinas tropicales

 

Vista del santuario de Trinidade de Paraopeba

 

Encuentro con un grupo de “mountain bikers”

Esta parte de Minas, cerca de la capital, Belo Horizonte, es frecuentada por ciclistas de montaña-urbanitas. El ser fin de semana ha propiciado tres encuentros durante el trayecto: con un par de jóvenes haciendo un puerto de montaña, el Zheca Tatu, con un grupo bien nutrido de una docena de ciclistas cerca del santuario de Trinidade y con Alexandre, un músico de 44 años, que me ha acompañado varios kilómetros hasta Aranha. Alexandre, durante el camino que recorremos juntos, me habla de los problemas de la región, de las grandes compañías mineras que compran políticos, con dinero, y al resto de la población a base de realizar una pretendida obra social. La carretera por la que pedaleamos, me cuenta, era una pista hasta hace un par de meses, pero las mineras las han pavimentado a cambio de votos y favores. Alexandre tiene una formada conciencia ecológica. Aunque se puede contemplar a pie de carretera lo que hacen las compañías extractoras, parece que la naturaleza todavía se defiende bastante bien. Ahora bien, si este proceso no se detiene acabarán por arruinar este país verde y todos acabaremos sufriendo las consecuencias. A pesar de ello, percibo con claridad los olores que desprende el verdor que me rodea: pimienta, regaliz, aromas dulces flores y mariposas preciosas y multicolores que complementan el disfrute.

Brumadinho es un pueblo en medio de la nada desde la óptica del turista convencional. Me alojo en la pousada Lafevi, que se encuentra en un barrio que recuerda un poco a algunas urbanizaciones de clase media del bajo Maresme o el Tarragonés. La posada es de hecho una casa que han convertido en una especie de bed and breakfast, muy bien arreglado. Los propietarios son amables. El propietario ha montado el negocio al jubilarse de una compañía minera. Una de sus hijas es profesora de educación física en BH. De hecho LA-FE-Fi significa Laetitia, Felicia y Vittoria. Desde la terraza veo una imagen diferente de Brumadinho: urbanizaciones, un club deportivo con piscina descubierta. Todo bajo un cielo plomizo, un ambiente de bruma, que da su nombre al lugar. Cae una fina lluvia.

Por la noche ceno con el propietario. Mi intención era pedir una pizza pero me acaba invitando a cenar. Hablamos de la familia, de mi viaje, de su pasado como empleado de las mineradoras, donde ahorró dinero suficiente para construir la posada y jubilarse. Me dice que el tren minero con el que he tropezado arrastra 120 vagones de mineral de hierro en bruto que exportarán para hacer materia prima… a los países emergentes.

20 de marzo de 2012 – Brumadinho-Esmeraldas

Una etapa llana, aunque he tenido la primera experiencia comprometida al encontrarme inmerso en el tráfico rodado de camiones. Hasta Betim he pasado cierta angustia y he tenido que pedalear no ya por el arcén sino por el canal de drenaje: los camiones se me echaban encima. Por suerte han sido pocos kilómetros y pronto he torcido por el desvío hacia Esmeraldas, una carretera tranquila que incluso, en algunos tramos, presentaba un “carril bici”. Los toboganes se repiten entre el verde intenso. Viviendas, sencillas, a lado y lado del pavimiento. En un cobijo de la carretera incluso me he acostado a echar una siesta de poco más de un cuarto de hora bajo la fresca sombra de unos árboles fantásticos.

Siesta bajo la sombra de un árbol

Más tarde he comido por el camino, en una padaria donde he probado el polvillo, una pasta hecha de harina de trigo en forma de herradura. La padaria estaba junto a una parada de autobuses locales que hacen recorridos cortos, por los diseminados. Preguntar, incluso a los “profesionales” del ramo, sobre las distancias es aquí toda una experiencia: obtienes tantas versiones como encuestados abordas. Llego a la conclusión de que lo mejor es preguntarles el tiempo que tardan ellos en vehículo motorizado y realizar un cálculo aproximado multiplicando por cuatro o cinco. Los kilómetros oscilan a ritmo de samba.

A media tarde llego a la pousada Solar de Esmeraldas, regentada por una madre y una hija, Teresa, ayudadas por una amiga. Esta asociación viene siendo algo muy común aquí en Brasil, donde parece que la madre es el bastión de la familia y los lazos de amistad suplen las formas societarias en esto de los negocios familiares. Recuerdo que en Brumadinho a Luiz, también les ayudaban amigos. Seguro que entre ellos no hay ningún papel firmado. La pousada en Esmeraldas es una casa grande, con 7 habitaciones para huéspedes. Se encuentra en un diseminado, en medio de un paisaje muy rural: caballos, vacuno, cultivos. En la casa tienen 5 perros… no hay ningún hombre.

A las 8 de la noche ceno, me preparan una comida casera, abundante, al fresco. Al día siguiente desayunaré a las 7, para salir hacia Sete Lagoas, donde tengo prevista la próxima charla en una escuela. Saldré de la posada con una bendición y la medalla de un santo Candomblé que me regala la propietaria al conocer mi intención de pedalear hasta el norte del país. La guardaré todo el viaje y la guardo todavía conmigo.

21 de marzo de 2012. Esmeraldas – Sete Lagoas

Nada especial a mencionar sobre el trayecto en bici. Fácil: BR040. Kilometraje como siempre: previsto, 62 km; reales 70 km.

Sete Lagoas es una ciudad mediana (o pequeña si tenemos en cuenta las dimensiones de las grandes aglomeraciones urbanas de Brasil). Tiene unos 250.000 habitantes. La ciudad se encuentra en pleno auge, potenciada por la presencia de la industria automovilística: FIAT/IVECO. La ciudad es caótica urbanísticamente hablando, pero tiene un centro bonito y bien cuidado, con paseos ajardinados, entorno a la laguna (Lagoa) principal, la Lagoa Paulina, donde todo el día se ve gente paseando. Mi hotel es un buen hotel y se encuentra frente a la laguna.

La primera noche, al aire libre, hago la circunvalación de la lagoa, de rigor, para sentarme finalmente a una pizzaria que parece limpia y el ambiente animado. La abundancia de la comida me sienta mal, pesada, pero sin consecuencias.

Experimento, al dirigirme hacia el norte, hacia Ecuador, que el día tiene un ritmo diferente. El perímetro de la tierra se ensancha y el paso del día a la noche y de la noche a la mañana sucede de modo muy breve. Al ver los primeros rayos de sol no te das cuenta y el sol ya está presente en todo su esplendor tropical. Por la noche desaparece con la misma velocidad.

Examinando los mapas creo que he dejado atrás la parte más montañosa de Minas Gerais y la carretera planeará más. La vegetación no tiene la frondosidad de etapas anteriores y comienza a abrirse en una especie de sabana verde, el cerrado. Hace un día claro, radiante, y, como siempre, me he levantado bastante temprano. Me quedan dos horas muy buenas antes de hacer mi segunda palestra la Escuela Estadual, Colégio Industrial João Fernandes. El día antes por la tarde, al llegar a la ciudad, llamé a la escuela; me dijeron que los responsables iban a estar hasta las 17:30 h; me dejé caer con el propósito de situarme, tanto geográfica como mentalmente. Conocí al vicedirector, Rodrigo y la responsable de la administración, Virginia. Fue desde allí que ellos me hicieron la reserva en el hotel, el Lagoa Palace, lo mejor de la ciudad.: sería el equivalente a un tres estrellas, pero limpio y pulcro, como todos los sitios donde me he hospedado hasta ahora.

Los rasgos amables de los locales se repiten. Creo que sería difícil encontrarse solo y abandonado en ese país. Esta simpatía, ese interés que les sale del corazón compensa la imprecisión de muchas de las indicaciones… hay que ir siempre contrastando, pero esta tarea no la encuentro pesada: cada persona se te abre, la breve charla es por sí misma una agradable experiencia. Recuerdo especialmente el encuentro con un joven ciclista, Fabrizio, ingeniero químico, de Uberlandia. Me hace seguirle hasta la escuela donde me acompaña; después de una breve charla intercambiamos teléfonos. Me dice que se ha casado con una chica de la ciudad que conoció en la facultad. Ella ya ha encontrado trabajo y él lo está probando. Me dice tiene un amigo que vive en Bilbao.

Por la noche, cena y en el hotel. Me levanto a media noche perturbado; he recibido una nota de apoyo del grupo ciclista 10xhora que me invitan a pasar por Brasilia. Rehago la ruta, la invitación me pareció simpática, sincera, amable e interesante, también conveniente. Pasar por la capital no será problema si lo hago en compañía; contesto la nota y espero eventos.

23 de marzo de 2012. SETE LAGOAS – Pousada do Trevo (+54 km)

Me he vuelto a levantar temprano. Ayer sufrí un final de tarde melancólico; pero por suerte, con motivo de una recepción que hacían en los salones del hotel, con la música a toda prisa (otra costumbre local) tuve la excusa perfecta para ponerme tapones en las orejas y tomarme media píldora para dormir, que llevaba para casos de emergencia. Como una seda: he descansado.

Después de un buen desayuno salgo bajo una lluvia torrencial. Un cielo tapado en el que no se vislumbra ningún claro en el horizonte no me han dejado otra opción. Aún no he salido de la ciudad y ya voy totalmente empapado y lleno de barro: enormes charcos en las calles, los que bajan parecen torrentes. Al llegar a la carretera BR040 merma la intensidad de la lluvia, que me acompaña, pero durante 30 km más, hasta Paraopeba. He podido pedalear a un buen ritmo y el tráfico ha sido tranquilo. El arcén (acostamento) de la BR ancho y bien señalizado. Paraopeba era mi destino de hoy, pero me siento con fuerzas para salir adelante, y acortar etapas, por lo que llegaré a Felixlandia en dos días, dos etapas de unos sesenta kilómetros, mejor repartidos. El relieve se hace más suave y los toboganes menos pronunciados me permiten alcanzar medias más fluidas.

A la hora del almuerzo llego a un área de recreo limpísima, con un bonito ajardinamiento tropical. La lluvia y el buen clima facilitan estas bellezas, y la mano del hombre sólo tiene que poner cierto orden para que todo resulte pulcro, pulido.

El área está llena a rebosar de gente: comida, souvenirs, … los baños también están limpios. Hablo con una pareja, funcionarios de BH. Me dicen que están de vacaciones. Él había sido camionero y conoce bien las carreteras de la zona. Yo les hablo de mi proyecto. Nos hacemos fotos. Aún estoy empapado y decido cambiarme de camiseta. Ellos me aconsejan hacer noche a pocos km de allí, en una pousada cercana a una gasolinera (posto), sencilla pero limpia… y kilométricamente bien situada.

Subo a la bici y me dirijo a mi destino; al llegar tengo una sorpresa muy agradable: la pareja se ha desplazado en coche para ver si estoy bien, si he llegado al lugar correcto: amabilidad brasileña. Nos despedimos.

Mis ángeles de la guarda

Me instalo en la habitación, junto a la bicicleta. Al principio parece que no le hace gracia, a la chica de recepción, que me instale con la bici y el carrito, pero una vez más el hielo se rompe con facilidad (calor tropical) y paso de la habitación de 20 Reais, pequeña, con baño compartido, a una doble, donde la bici cabe con facilidad… por el mismo precio.

Como siempre lavo la ropa, me ducho y me pongo a descansar, repasando el cuaderno de viaje, mi roteiro. Hay wifi y puedo contactar con Barcelona.

Estas pensiones de carretera tienen muchas ventajas para el ciclista, son en buena medida mejor que los hoteles. Te sientes libre, puedes lavar la ropa en los lavabos sin tener que dar explicaciones. Pero hay que pedir permiso, el brasileño es un pueblo educado, y ya sabes que la respuesta será un sí.

Por la noche ya salgo a comer un bocado al lado, en la gasolinera. Después depuro agua para beber, el trayecto de mañana será más largo, pero confío en que el tiempo mejorará. Fuera hay unos ficus impresionantes… Vuelvo al hotel: estoy acabando de leer el libro de Louise Sutherland.

24/03/2012 Pousada Trevo (en la Y de las carreteras MG135 y BR040) – Felixlandia

Escribo como siempre por la noche. Hoy han sido 70 km… y pico, de carretera tranquila con los ya típicos toboganes. Al poco de empezar a pedalear bajo un día radiante se termina el desdobramento, es decir la carretera con dos carriles por sentido. Por suerte es sábado y el tráfico es mucho menos denso y el arcén (acostamento) generoso.

El sol que tanto he apreciado al empezar a pedalear se vuelve pronto un elemento insoportable: el calor es intenso. Por primera vez siento la necesidad de beber a menudo agua con sales y electrolitos.

El paisaje con horizontes infinitos y vegetación más escasa; frecuentan los pastos, la ganadería bovina. Casitas a ambos lados de la carretera, pero ningún núcleo poblado en los 70 km hasta llegar a Felixlandia.

Por el camino me he cruzado con un joven, tenía mal aspecto, venía caminando por el arcén. Pienso que padecía alguna minusvalía. Bajo un sol de justicia tan sólo se protege la cabeza con una camiseta. Lleva pantalón corto y chancletas (chinelas). Me habla pero no entiendo lo que me dice, sólo las palabras copo y água, mira con ojos fijos mi bidón de ciclista. Le ofrezco agua; bebe con fruición. Me da las gracias y sigue su camino, a pie.

Al llegar al posto de la gasolinera que se encuentra a sólo 5 km de mi destino del día encuentro, como hasta ahora, alguien que me dirige al hotel: es una joven de nombre Gézia. Cuando llego al hotel ella ya ha llamado. La mujer, Kaká, me espera y me aloja en una gran habitación… con cuatro camas.

Momentos de paz en la carretera

Aquí empiezo a tomar conciencia de que lo de los insectos tropicales va en serio. Conecto el aparato con el repelente de mosquitos y me rocío con líquido protector. Hormigas, mosquitos, ay, ay, ay…

Mañana pasaré el día en Felixlandia, un pueblecito de 4.000 habitantes. Tranquilo. No quiero despedir la jornada sin plasmar una reflexión que llevo en la cabeza durante todo el trayecto, y es que uno tiene mucho tiempo para pensar tantas horas sobre la bici, sobre todo si, como yo, uno es alérgico a los auriculares y aparatos mp3, ipods, etc.

Vista de Felixlandia

Hoy he reflexionado sobre la Fe de los brasileños. Leo, como sabéis, el libro de Louise Sutherland; lo escribió en 1978. Los tópicos que ella menciona se repiten pero 34 años después, en un mundo mucho más tecnificado, una población que se ha doblado (antes de salir leí todo lo que tenía sobre Brasil en casa: un libro de 1975 hablaba de 97 millones de habitantes). Los brasileños tienden a pensar que alguien que emprende un viaje en bicicleta solo por su país es un loco poco más o menos… y/o que eres un superatleta; creo que no soy ninguna de las dos cosas.

Bien, soy un ciclista amateur totalmente mediocre en capacidad y prestaciones. Tengo 47 años y hace sólo 7 (crisis de los 40) que volví a coger una bici en serio, después de la adolescencia en la que todos tuvimos una bicicleta. Durante la juventud había practicado otros deportes muy diferentes, principalmente el Taekwondo, la natación y más recientemente el montañismo. Nunca he hecho ningún récord y en las pedaladas populares quedo por medio, excepto cuando las condiciones del terreno y meteorológicas son adversas, situaciones ante las que me crezco.

El brasileño tiene una gran fe en Dios pero a menudo le falta la fe en sí mismo. Creo que a los europeos y americanos del norte nos ocurre justo lo contrario. Son amables, incluso parecen asustados y sumisos cuando los abordas en la corta distancia. Los ciclistas que he encontrado por aquí son, seguro, mejores deportistas que yo mismo, se les ve en el físico, en la juventud, pero se ven incapaces de emprender un tan largo viaje como el que planeo; en definitiva, siguen creyendo que soy un veterano de los fenómenos del ciclismo europeo. Habría que encontrar un equilibrio entre estas dos formas de ser y pensar. Los europeos tendemos a creer que somos el centro del Universo, hemos olvidado lo divino y por extensión la caridad, la humildad, el amor incondicional por los demás. Somos el colmo del materialismo. En Brasil tienen la fe que a menudo les hace sumisos, a pesar de los rasgos violentos que se atribuye a la sociedad, sobre todo urbana, brasileña. En toda religión Dios es un guía, pero el mundo en el que vivimos está regido por los hombres, mal repartido por los hombres, con hombres que abusan de mujeres y niños. Los ideales son nuestros y sólo nuestros, y también es nuestra la lucha por los ideales.

Salgo a cenar por el pueblo, arregladito, lleno de lugares donde una población esencialmente joven escucha músicas. Hay dos plazas en Felixlandia. En una de ellas, en una sala de velatorios, velan un muerto que al día siguiente van a enterrar. Gente en la calle.

Vista de Felixlandia

En la otra plaza es donde se encuentra mi hotel, Feliz Cidade, bares y música en la calle.

Cena y me acuesto. Al día siguiente, en el desayuno hablo con dos pescadoras que han venido de Belo Horizonte. Al final se añade a la conversación una señora de Sao Paulo; su acento es diferente, también lo son su modo de vestir, su peinado… totalmente en la europea. Me dice que es funcionaria de la DENR (Carreteras) y que había estado casada con un español. Su talante es muy europeo también. Me da muy buenos consejos para salir adelante por las carreteras brasileñas, que conoce bien. Me aconseja, entre otras cosas, tener cuidado con el agua, una vez que haya traspasado Brasilia: el agua de la zona, sobrexplotada por la minería, tiene unos niveles de mercurio elevadísimos… y el índice de cáncer más elevado de Brasil. Yo le he enseñado la depuradora que llevo; toma nota, de la marca, el modelo, y, también, de mi página web, la de Ideesfixes. Cuando se despide de repente me viene a la cabeza una expresión que utilizó ya la que en primera instancia no he dado importancia; me ha dicho: “ELLOS te ven diferente” … y se refiere a sus compatriotas … ¿o es que hay realmente dos Brasiles?

He ido a misa y ha sido toda una experiencia. Me he encontrado bien, física – tienen unos sensacionales ventiladores que funcionan a toda marcha – y espiritualmente. La música es hermosa, alegre, la gente, devota, participativa y alegre. He vuelto acompañado de Henrique ya continuación he hecho un pequeño mantenimiento en la bici. Una hora después del desayuno había ido a buscar gasolina para el fogón portátil en la gasolinera. He limpiado la cadena, comprobado la presión de las ruedas, el disco delantero. También he experimentado con el hornillo portátil: todo perfecto.

Misa de domingo en Felixlanadia. Paz y recogimiento

25  de marzo de 2012 . FELIXLANDIA – TRES MARIAS

Datos para el eventual ciclista: 88,5 km, 7 horas y media de viaje, contando comidas, fotos, etc.

Salgo

Salgo a las siete y media, aunque me he levantado temprano, cuando faltaba un cuarto de hora para las seis. Como siempre un buen desayuno y revisión de la bicicleta.

La carretera planea en la salida, hacia la BR040, dirección al norte. Por suerte hay un arbolado espeso a ambos lados del asfalto, voy intentando pedalear en la sombra. Los toboganes tan típicos no son aquí tan pronunciados. Llevo una buena media. Los treinta primeros kilómetros pasan deprisa, en poco más de dos horas, aunque me entretengo en mirar y fotografiar los tenderetes de comida y bebida “home made” que hay a ambos lados de la ruta.

Hacia el km 35 comienza la subidita, constante pero dura. La vegetación arbórea ha desaparecido y el sol cae con fuerza. Seguro que la temperatura está por encima de los 35 ºC. Llego a una capillita de una virgen “Aparecida”, descanso, tomo fotos, bebo agua con sales minerales recuperadoras.

Las fuerzas descienden a medida que el sol y la temperatura suben. Tengo que ir haciendo paradas para comer y beber, muy a menudo. No encuentro ya las alegres chabolas. Me detengo en un  cobijo – parada de ómnibus, hecho de cemento y en estado ruinoso. Me quito la camiseta para que se seque al sol. Como unas galletas. Veo a un hombre que viene de bajada: camiseta blanca, pantalón corto, sombrero encajado y en bici. Él, al verme, no se si por la sorpresa o por el exceso de cachaça ingerida, cae al suelo dos veces seguidas, estrepitosamente; reniega y se levanta, pero alegremente, con una sonrisa. Le hago señales, preguntándole si está bien; responde que sí. Me levanto y me acerco a él. Deja la bici tirada y se me acerca. No habla, parece como si encadenara una serie de melodías. Tiene la piel oscura y su cantinela me recuerda a los cantos espirituales de los negros. Nos saludamos. Me enseña un caminito de arena que se adentra en la vegetación; entiendo que vive por allí. También creo entender que tiene cuarenta años, que no tiene mujer. Sigue hablando con esa cantinela. Yo, me limito a sonreír. Nos despedimos, él vuelve hacia su bici, sube como puede y desaparece, por el caminito de arena.

Sigo también mi camino hasta un área donde me detengo a comer una empanada de carne y comprar agua; hoy necesito preparar una segunda garrafa con bebida isotónica… ¡y agua fresca! Necesito pedalear con fuerza: quiero llegar hoy mismo a Tres Marias, a una hora razonable para instalarme y tomar posesión de la ciudad donde también daré conferencias en una escuela. Creo que faltan unos 20 km… pero estoy fundido.

 

Diviso un tenderete en la carretera que recuerda las churrerías ambulantes de mi tierra. Cerca hay un cobertizo de obra y rejas. En el sitio hay dos camiones parados. Las gallinas pululan… en el cobertizo también hay huevos.

Se trata de un pequeño establecimiento donde hacen zumos  y batidos (con leche: vitamina). Pido un batido como el que toman los camioneros, hecho de mango, piña (abacaxi) y leche… ¡natural!. La mujer pone la batidora en marcha y me llena de batido todo el enorme recipiente, supongo que casi tres cuartos de litro. Me lo bebo: está de maravilla. Me siento bajo el cobertizo, en una silla de plástico, me relajo, me quito los incómodos zapatos de ciclista. Los camioneros se marchan y la mujer se me acerca. Hablamos, yo, de lo que hago allí, en bicicleta, ella de su negocio, de su pueblo natal, cerca de Brumadinho. Lleva años allí y tiene tres hijos. Está contenta, habla educadamente, con orgullo: repite una y otra vez que en Brasil quien tiene ganas de trabajar lo consigue.

Su hijo conoce a Barcelona, ​​pero no por el fútbol, ​​curiosamente: les gustan los caballos. Nunca pensé en que mi ciudad pudiera ser objeto de semejante asociación. Después de la charla nos hacemos una foto y me despido recibiendo una buena noticia: me quedan sólo 17 km para llegar a Tres Marias y se acaban las subiditas. Esta vez no se equivocan: unos cuantos toboganes y ya diviso, en una hondonada, el lago, el embalse de Tres Marias.

Pedaleo alegre por la bajada y al final tropiezo con dos mochileros, jóvenes, con rastas, vestidos al estilo hippy. Son argentinos. Hablamos durante un buen rato: forman parte del proyecto “Rainbow” (Arco Iris), van por toda América del Sur; son artistas malabares que montan carpas por donde van, ofreciendo espectáculos a los niños.

 

 

Llego finalmente a Tres Marias, bajo una lluvia incipiente; una vez más me instalo en un sencillo hotel y comienza la tormenta. La recepcionista es una persona amable, se llama Milena. Me invita a un pedazo de pastel; repito (tengo hambre). Luego la esperada ducha, el cambio de ropa que le hace a uno sentirse mejor. Por la noche salgo a cenar al pequeño restaurante que hay frente al hotelito. Una buena comida casera por el que pago 6 Reais y medio, bebida incluida. Pruebo el pescado de río, el curimba, frito, es muy gustoso, aunque he pedido que no pusieran guarnición, para apreciar mejor su sabor.

Durante la comida hablo con Sergio; me dice que tiene una barca y me pregunta si quiero ir a dar un paseo por el río. Me da su teléfono. A continuación llega la hija de la propietaria del establecimiento, acompañada de un amigo, también joven, que conduce un automóvil limpio y nuevo. Se llama Cynthia. Es muy guapa y va muy arreglada. Me dice que va a la facultad, me saluda dándome la mano con delicadeza. El hijo, su hermano, es diferente: no estudia, está con la madre en el bar, le gusta jugar al fútbol. Al grupo que hemos formado se añade otro cliente, amigo de ellos, y entablamos una tópica conversación sobre los jugadores brasileños del Barça (Futbol Club Barcelona), de los que juegan en España. El chico que va con Cynthia me da un repaso de saber futbolístico.

De repente el recién llegado reniega y se exclama profiriendo toda una serie de improperios que no alcanzo a comprender: se ha pasado con el pimentao con el que ha aliñado la comida: ¡no puede tragar de picante que es! Todos reímos y la propietaria le cambia el plato… en Brasil no se complican la vida con libros de reclamaciones.

27 de marzo de 2012 – TRES MARIAS

Desayuno no demasiado temprano, a las siete y media. Voy hacia la oficina de correos a enviar un paquete con algunas cosas que no necesito (chaleco, forro polar, libros…) a mi amiga periodista de Manaus, Cynthia Pinheiro (Cynthia Blink), que es una joven que está siguiendo con interés mi viaje. Con ello consigo deshacerme de unos cuatro kilos de peso y ganar al mismo tiempo espacio adicional en la bolsa del tráiler.

En correos, de nuevo la gente en general y los funcionarios en particular, se muestran amables: me preparan la caja, escriben la dirección de la destinataria que llevo anotada en una servilleta de papel… el paquete tardará entre seis y siete días en llegar a Manaus , capital de Amazonas.

Almuerzo en la playa. Hace un buen día, soleado, he decidido acercarme al embalse de Tres Marias, donde hay una playa y barracas (chiringuitos) donde comer… y beber. Al llegar, en bici, he dado un chapuzón en un agua casi tibia. He conocido a Leandro, un Brasileño joven, corpulento, risueño. Se encuentra en un aparcamiento cerca del lago, con su familia, cuece carne en una pequeña barbacoa, bebe cerveza en abundancia y escucha música en su coche. Es amable y me invita a beber y a la parrillada (más líquido que sólido…). Le doy las gracias; le digo que pasaré más tarde.

Paseo por la orilla del lago, donde están las barracas. Escojo por azar una de las casetas y me siento en una de las mesas de uno de los chiringuitos… o, mejor dicho, me sienta, Jessica, una de las jóvenes camareras (garçonettes) que ha acudido literalmente a pescar un cliente. Soy fácil de convencer y me siento en una de las mesas. Pido, naturalmente, pescado, piau.

Piau, pescado local

 

Con Jessica y Luis

Hay poca gente en un día laborable y puedo conversar con Jessica. Tiene 21 años y parece más madura que el resto de las camareras, que son niñas de entre dieciséis y dieciocho años. Me cuenta que su sueño es (…) ir a España y que la barraca de al lado es de un español, Luis. La conversación se alarga mientras como. Ella sigue trabajando, demostrando una curiosa capacidad de hacer dos cosas a la vez. Al final aparece Luis, el español, y me lo presenta. Tiene 31 años y es asturiano. Vivió tres años en Cataluña, en Castelldefels, donde cerró una sucursal de un negocio familiar de transportes debido a la crisis económica de 2007: tenían tres camiones de transporte de áridos y cemento para la construcción. “Puta crisis”. Luis conoció y se casó con una chica de Tres Marias y se vinieron aquí. Él se encarga de la barraca, de su suegro. El padre de ella ya tiene una edad y parece que ha confiado en Luis. Éste se ha contagiado rápidamente de la felicidad local.

 

 

 

 

Luis y yo hablamos de los temas recurrentes, el trabajo, la vida en Brasil, mucho más sencilla, también de la violencia, con la que todavía no me he encontrado. Me cuenta que una camarera de una barraca cobra 20 Reales al día, que él les paga 30 para tenerlas más motivadas. Con ello se sitúan en el salario mínimo, pero sin cuotas de seguridad social ni nada… añade que no son demasiado formales, estas jóvenes, que a menudo las tiene que ir a buscarlas a su casa. Él, también, los fines de semana y fiestas, las acompaña de vuelta, de madrugada, en una actitud protectora y paternalista. La gente acude a las barracas del lago para beber y pasarlo bien… pescar es la excusa: acaban comprando pescado a los pescadores o en las chozas. Hablamos de las corruptelas con los políticos locales. Los propietarios de las barracas no pagan ningún tipo de impuesto, pero cuando llega el Carnaval deben hacer sus “particulares contribuciones a la fiesta” …

Como ya he comido y en Brasil no tienen por costumbre tomar postre, Luis me invita a un coco: mi primer coco gelado. Me gusta, es verde, grande, lleno de líquido dulce. Luis tiene un ordenador portátil, miramos el facebook, también el de Jessica. Me despido de Jessica y de Luis, quedamos para el día siguiente; me ha invitado a comer en su barraca. Llego al hotel, hago estiramientos, abdominales, flexiones y tomo una ducha, para compensar la copiosa comida.

 

 

 

28 de marzo de 2011

En Cataluña es día de huelga general. Pronto dará comienzo la Semana Santa. Nada excepcional acontece el día de hoy. Me he acercado a la Escuela Estadual José Ermirio de Morais a tomar posesión del escenario y, cuál ha sido mi sorpresa, ¡no sabían nada de mi conferencia, de mi proyecto, aunque habíamos intercambiado emails desde Barcelona! … pero la solución ha sido fácil, rápida, sin darme tiempo para preocuparme, molestarme o tener que urdir un plan B. El personal de administración y la profesora de geografía, Jacqueline, me han dado una solución de manera casi inmediata. He podido disponer de un PC para trabajar y me han ofrecido un almuerzo/desayuno (almoço) junto con el resto de profesores. Luego he vuelto a la playa donde Luis tenía ya preparada una copiosa y excelente comida. Al terminar hemos dado un paseo en barca por el embalse: impresionante. Tiene una longitud de 132 km (qué pequeño es Cataluña)… y he visto por primera vez una piraña recién pescada. Después del paseo hemos tomado helado de piña y de vuelta hacia el hotel. Hemos quedado por la noche con Luis y su esposa.

Efectivamente. Cuando ya oscurece (aquí anochece ya sobre las 6 de la tarde y la noche es ya negra) salgo a cenar al lago con Cynthia y Luis. Pasamos un rato agradable contando anécdotas de nuestras vidas, con el común denominador de ese punto de encuentro que es Brasil.

29 de marzo de 2012 – TRES MARIAS. ESCUELA ESTADUAL – LUIZLANDIA DO OESTE

Me levanto temprano, como de costumbre. Me siento algo débil para afrontar la primera charla prevista a las 8 de la mañana. A pesar de ello llego puntual y Jacqueline, una joven e inteligente profesora de geografía me acompaña al aula de audiovisuales. Jacq (como quiere que la llamen) me habla de su religión, es Calvinista, lo cual no deja de ser curioso en un país mayoritariamente católico, con una pujanza de los grupos evangélicos; me dice que tienen muchos adeptos en Brasil. Me gustaría profundizar y ver cómo compatibilizan el rigor que les caracteriza en la vieja Europa con el carácter y costumbres brasileñas.

La Escola dispone de un proyector y de ordenadores y la conexión a Internet va de maravilla. Aquí en Tres Marias me encuentro con jóvenes especialmente atentos. Como siempre despuntan las chicas, pero hay chicos muy despiertos, muy vivos. Entre ellos el hijo de Chirlène, una de las responsables de la Administración, muy atenta. Chirlène me acompañó el día anterior con su coche hasta encauzarme por una ruta diferente hacia la playa cuando me dirigía al embalse, mucho más llana que la que había estado tomando. El hijo quieres ser… futbolista, tiene una buena planta. Como no, su sueño es jugar en el Barça.

Termino satisfecho mi intervención. Justo al salir de la escuela, me encuentro con Cynthia y Luis, a las 11:30, en la puerta del hotel. La pasada noche había llovido mucho, una tormenta y su barraca estaba vacía de clientes. Nos hacemos unas fotos y nos despedimos.

Hacia mediodía parto hacia Luizlandia do Oeste, 52 km solamente, pero bajo un calor intenso y múltiples toboganes. Pocas señales de vida civilizada a lo largo del camino. Ha sido una etapa de trámite, cruzando varios ríos, primero el San Francisco, después muchos otros menores, con aguas marrones. Percibo cómo se va deforestando el país, el frágil cerrado (vegetación de árboles retorcidos de la región, que encontraré hasta pasado Brasilia) y, a veces, repoblando con los terribles eucaliptos. Almuerzo en un restaurante de carretera, donde intentan cobrarme 9 Reales por una comida igual a las que yo había pagado, hasta ahora, apenas 6.

Para dormir en Luizlandia do Oeste Cynthia me había recomendado ir a un Posto de la JK, de camioneros. He preferido sin embargo adentrarme en el pueblo que queda un poco retirado de la ruta principal. Como diría, es un pueblo muy far west, donde he encontrado un hotel familiar y bastante triste. Aunque tienen wifi y un PC, es muy sencillo, básico.

Salgo a cenar, apenas una hamburguesa y zumo de cupuaçú, en una lanchonette; la camarera, al contarle mi historia en bici, ha pensado que estaba en broma… realmente lo estoy.

30 de març de 2012 – Luizlandia do Oeste – Joao Pinheiro.

Me levanto. El desayuno queda a la altura de la categoría del hotel … sencillo, por no decir otra cosa. Los propietarios son, sin embargo, amables. Deben serlo, no es caro pero en términos relativos he pagado casi lo mismo por habitaciones, y desayunos, mejores.

Me esperan 85 km, todavía de toboganes, alguna subidita, menos pronunciada ya. Dado que el desayuno ha sido “escaso” pienso en hacer una parada adicional para reponer energías. Quiero experimentar cómo responden las piernas en una etapa relativamente larga, ya que el próximo día tengo previsto pedalear, ya por primera vez, más de 100 km… ¡estirando del carrito con sus casi 30 kilogramos de peso !.

Nada más salir y visto unos guacamayos azules y amarillos elevarse volando sobre un paisaje verde, también un tucán, agitando las alas y planeando, loritos verdes, mariposas … naturaleza tropical en estado puro.

Sigo adelante y paro cuando sólo faltan 47 km por João Pinheiro. En el posto conozco a una empleada, Lourdes; me dice que estuvo unos años trabajando en Mallorca. Canjeamos teléfonos y me recomienda un hotel en la ciudad. Mientras, como un pastel de carne, media porción de pastel (bolo) y un café, muy dulce. Para terminar pido un zumo de guayaba y una empanada de pollo para llevar.

El sol castiga y hay pocas sombras en el arcén. Éste, además, se encuentra en muy mal estado y no puedo alcanzar una velocidad de crucero decente. El cielo se va nublando y cuando no veo ningún camión aprovecho para pedalear por la calzada.

Quedan unos 15 km para llegar al destino de hoy, me detengo bajo la sombra de un gran árbol, a la entrada de una fazenda, la Fazenda Campo Alegre. Las puertas están abiertas y veo un tractor trabajando… es una plantación de caña de azúcar. Como la empanada y el trozo de pastel mientras observo el trabajo del campesino, el cual lleva a un niño en la cabina del tractor.

Retomo la marcha, hacia la ciudad. Una vez más nada más, al entrar en la población, me sorprende un aguacero potente que , al poco de alcanzar cobijo en el hotel, se transforma en una tormenta, intensa, que descarga hasta entrada la noche.

El hotel se encuentra sobre un supermercado; bajo y compro fruta, leche de soja, chocolate… me apetece. Encadeno la bicicleta en un rincón del aparcamiento, la cubro con la lona para disimular su presencia entre trastos y carros de compra. El improvisado escondrijo funcionará. Un amigo me aconsejó lo de llevar una lona grande conmigo en el viaje. Realmente es muy útil y me suscribo a esta recomendación que hago extensiva a lectores viajeros (ciclistas y andarines).

31 de marzo de 2012 – VIAJE (JOAO PINHEIRO) – PARACATU

Empieza un día claro. Desde los ventanales del comedor del hotel haré las únicas fotos de João Pinheiro … no he visitado la ciudad, tan sólo caminé un poco, por la noche, para salir a cenar. Debo realizar un largo trayecto hoy. Por suerte el desayuno es bueno y abundante.

Emprendo la etapa con 9 km de gozosa bajada y un horizonte diáfano frente a mi. Hoy tocan como mínimo 100 km… largos. Atravieso una serie de puentes y ríos. Treinta quilómetros más allá de la ciudad aún encuentro muchos núcleos poblados, barraquitas, tenderetes, poblaciones diseminadas (povoados). Me detengo poco a tomar fotos, presionado por la angustia de tener una etapa larga por delante. Paro apenas unos minutos en un bar para tomar un zumo de uva. Hoy dividiré la etapa en varios tramos para comer y beber. Para no alargar las paradas en casas de comida me he llevado un bocadillo de jamón dulce, un trozo de pastel, un mango, galletas y chocolate. Si puedo me ahorraré la comida.

A medio camino, en el kilómetro cincuenta aproximadamente, me detengo a tomar fotos en una laguna. Saludo a un par de hombres que pasan en coche por allí. Me dicen que son representantes de maquinaria agrícola y les resulta extraño creer que esté viajando en bicicleta.

Sigo, tranquilo. Hoy la carretera planea sobre rectas infinitas, inalcanzables a la vista, y el tráfico rodado es escaso.

Las fuerzas se van agotando y el sol se sitúa en el zenit. Preciso beber mucha agua. Al ritmo que llevo pronto habrá terminado las reservas (normalmente cargo de cinco a siete litros por etapa).

Me detengo para comer en una zona sombría al lado de la carretera, cerca de un arroyo (córrego) sucio. Tiendo al sol la ropa mojada que lavé anoche en la habitación: mallas de ciclismo, camiseta, calcetines, y que todavía llevaba húmeda en una bolsa de plástico. Apenas el tiempo de comer un poco y con el calor y el sol la ropa ya está seca.

Calculo que quedan unos treinta quilómetros  para llegar a Paracatú y el cansancio se deja sentir en las piernas. Me detengo en otra zona sombría; los árboles son generosos. Hay unas telarañas con arañas muy bonitas, las fotografío, a mi hijo le encantan los animales, especialmente los potencialmente venenosos. Pienso en él y en Maria, mi hija mayor, mañana es domingo de Ramos, están en plenas vacaciones escolares de Semana Santa.

Al final diviso Paracatú, la ruta toma un perfil ascendente, bastante pronunciado. Veo a ciclistas ataviados al más puro estilo ciclista-europeo, bien equipados, con ropa técnica; las bicis son buenas. Un chico mudo, o sordo mudo, me aborda, también va en una bici, de montaña, bastante arregladita. Me adelanta, me mira. Me hace señales para que le siga hasta el centro de la ciudad, entiendo. Me conduce hasta una avenida en la que, me parece entender, hay hoteles, alojamientos. Efectivamente, veo uno, sencillo, suficiente para mis expectativas, y en el cual, además, puedo cerrar la bici, lavar ropa, tiene wifi, todo en planta baja. Ideal. Además me dicen que está muy cerca de la escuela donde haré la próxima charla, la Escuela Estadual Antonio Carlos, el lunes siguiente.

Descanso y salgo a cenar, camino después por la avenida principal, Olegário Maciel. En una plazoleta hacen capoeira, me transporto con el sonido monótono de las percusiones que acompañan sus movimientos, tan plásticos. Paso allí casi una hora antes de regresar al hotel.

1 de abril de 2012 – DOMINGO DE RAMOS EN PARACATU

Día tranquilo, Domingo de Ramos por la mañana. Visito la Iglesia de São Antonio, erigida en 1736, de estilo colonial, pero construida con adobe y madera por los esclavos. He desayunado tarde, sabiendo que no tenía nada que hacer sino pasear, turismo local. Día soleado, propicio para tomar buenas fotografías en el pequeño pero interesante centro histórico de la ciudad. En la iglesia matriz (Igreja matriz, la principal, Sao Antonio) los altares están hechos en madera cortada, emulando el mármol. Me impresionan, en el exterior, tres palmeras altísimas. En la iglesia un chico disminuido, Leandro, me hace una visita guiada, con un lujo de datos históricos y sobre la arquitectura del templo. Hago un donativo. Por cierto, como siempre, las tallas en madera son de un discípulo de Alejadinho.

Paracatú

Tres impresionantes palmeras se elevan al cielo junto a la Igreja

Ya entrada la noche, me dicen que en la Iglesia, a las 19:00 horas hacen una procesión. Me acerco, puntual, después de pasar una tarde tranquila en el hotel, lavando ropa, repasando el equipaje. En la iglesia hacen una misa, está llena a rebosar. La implicación de la gente en el ritual, la música, tan bonita y diferente, con acompañamiento de guitarra. El capellán que oficia es viejo, poco refinado en sus manera, pero transmite fuerza con sus palabras. Las manifestaciones de fe son claras, la gente levanta las manos, aplaude, te dan la mano y la estrechan con fuerza, impregnados de amor. Me encuentro bien. Al acabar el oficio todo el mundo se marcha, creo que de procesión nada de nada. Sólo unos pocos hombres preparan una especie de lanzas que intentan emular las de los legionarios. Me voy, creo que la cosa no vale la pena, si es que finalmente tiene lugar. Me quedo con el recuerdo de la hermosa misa.

2 de abril de 2012 – LUNES. AEROPUERTO

Después del desayuno salgo decidido a ir hacia el aeródromo local, donde espero encontrar información sobre los aerotaxis o vuelos locales. He oído rumores sobre posibles complicaciones para llegar, en bici y por la ruta prevista (cruzar la Isla del Bananal), a São Felix do Araguaia.

Ni en la recepción ni los primeros peatones a los que pregunto tienen la más mínima idea donde se encuentra el “aeropuerto”, que sin embargo aparece indicado en los mapas. Hago un intento descabellado: seguir las indicaciones de los rótulos. No llevan a ninguna parte y pronto se acaban. Finalmente encuentro un repartidor en moto que me da una indicación muy aproximada, pero por lo que creo entender creo que saldré adelante.

Paracatú está lleno de jazmines que llenan el camino de un dulce olor. Pedaleo agradablemente entre calles que se van degradando a medida que me alejo de la avenida principal. Apenas tengo que parar un par de veces para preguntar si voy bien y, finalmente, llego: un descampado con cuatro edificaciones: oficinas vacías, un hangar donde dos hombres parecen estar reparando una avioneta, el otro está cerrado, donde un letrero indica “Escuela de Aviación”, de 1942 (!); más allá se encuentra el edificio de los bomberos y protección civil. Allí encuentro a un hombre. En el interior de lo que parecen unas oficinas, una chica está sentada frente a un ordenador.

El hombre me dice que no sabe nada sobre los “aerotaxis”, que se trata de un aeródromo local, donde sólo aterrizan avionetas privadas o aerotaxis alquilados en BH o en Brasilia. Me dice que a veces pasan meses enteros sin actividad. Por suerte hoy, al menos, he encontrado a alguien: hay una avioneta de un señor que ha venido de BH. Efectivamente, veo una moderna avioneta aparcada allí.

3 de abril de 2012 – Terça-Martes. TODAVÍA EN PARCATU

Anoche hice una palestra en la EE Anotnio Carlos, a las 20:00. Estoy cansado y me levanto un poco tarde, a las 7. Después del periplo de ayer en busca del aeródromo fui al EE dónde me pidieron que diera dos charlas, una a las 20:00 y otra hoy, a las 8:00.

Los jóvenes del turno de noche, lo primero que hice, son muy diferentes, más distantes, poco receptivos, mayores. Pese a estar en Brasil, las dificultades por las que pasan hacen mella en su alegría. Inés, la subdirectora, me dice que la mayoría son repetidores, que muchas de las chicas ya son madres, que casi todos trabajan ya. Me llama la atención una niña, con unos ojos muy expresivos, un cabello rizado, negro y largo, me dice que no es de Minas sino “bahiana”; después iré aprendiendo que cada estado tiene sus tópicos atribuidos, aquí, en Brasil, también.

Al salir, a las 10.00, me acerco a un bar donde hacen batidos… parece transportado de New York o del Londres más fashion. Es moderno, diseñado, de un blanco nuclear. Todo lo que vienen es “natural” o “0% gordura”. El chico que hay en caja es alto, atlético; la chica parece salida de Kensington. Hay otro cliente en la barra, que habla mucho. Es joven también; por lo que entiendo es médico. Tiene acento minero. Nada que ver con el resto de la gente que hace fiesta en la calle, con barbacoas humeantes, con el “son de carro” (música del coche).

A las 7:50 ya estoy en la escuela. Inés tiene una reunión, tiene que atender a unos padres, pero a las 8:00 vuelve puntual, me abre la puerta de la sala de audiovisuales, espectacularmente grande, como un teatro. Empiezo a preparar el power point, las diapositivas. Las EE en Brasil parecen prisiones, de cerradas y enrejadas que están, tanto por entrar como por salir. Pero no he visto ningún conflicto escolar.

El grupo de chicos y chicas del turno de la mañana se más “como toca” a los dieciséis años, un grupo de jóvenes alegres y vivos. Las chicas, también como casi siempre, se muestran más despiertas y participativas. Después de mi exposición el diálogo se alarga, es difícil concluir con tanta participación.

Al terminar salgo del aula con Inés. Vamos a la sala de profesores donde comparto una comida, arroz especiado con pollo y un café de lo más dulce. Hablo con los profesores y aprovecho la salida de Inés para dejar la sala y poder utilizar, en su despacho, un ordenador para actualizar el facebook de Ideesfixes.

Al terminar me despido de Inés, de Fátima, la directora, que tiene un ademán muy serio y parece muy atareada. Voy hacia el hotel, no tengo ganas de comer. Apenas compro una empanada de carne. Hago estiramientos, limpio y engraso la cadena de la bici.

4 de abril de 2012. PARACATU (MINAS GERAIS)– CRISTALINA (GOIAS)

Hoy empiezo este diario con un recuerdo para mi padre. En momentos donde la duda acecha mis pensamientos, echo de menos el poder reflexionar, hablar con él: un padre es siempre un guía, un faro en la lejanía. Una madre se casi siempre el amor, la ternura y la comprensión. El padre acostumbra a ser el hito al camino, a veces escondido, difícil de ver, pero siempre está allí. Mi padre fue un hombre valiente, aventurero por necesidad en la España de la posguerra. Cuando los catalanes acostumbramos a hablar de Ítacas, él emprendió un viaje sin retorno, quizás el viaje de los más valientes.

Etapa: Salgo muy temprano de Paracatú. Pedalearé aproximadamente 100 km con unos 600 m de desnivel positivo. Plato pequeño a la salida de la ciudad,  subida pronunciada e imagino un trayecto lleno de pendientes y toboganes bajo un calor implacable. Carretera arriba, diviso ya las ingentes instalaciones de la explotación minera local, en un cerro, próxima a la carretera, a la derecha. Se intuye actividad difuminada por los primeros rayos de sol. La explotación pertenece a una compañía canadiense, Kinross.

Sigo la ruta rodeado de vegetación, los tan agradecidos árboles cerca del arcén, a pesar de que son más escasos.. El paisaje se vuelve cada vez más claro y los horizontes se presentan casi infinitos. Cruzo el río San Marcos: entro en un nuevo estado, Goiás. Fazendas por doquier; por primera vez veo unas barracas, edificaciones miserables, de ladrillo y plástico, cerca de la carretera done vive gente. Goiás es un estado agrícola y ganadero, fuera de los cascos urbanos, está claro.


Cultivos de soja, maíz, alternan con plantaciones de eucaliptos: ¿en qué se está convirtiendo la naturaleza del país?. Paro a comer en una caseta. Hablo con la gente del villorio. Hay agua que bombean de una fuente, antigua, con un mango que accionan manualmente. No hay problemas de agua en la zona, me comentan: podré siempre encontrar un riachuelo, un río, una fuente cercana para rellenar mis bidones.  Me siento a la sombra de un gran árbol, como la “marmitex” (así es como llaman los platos de comida preparada para llevar) de arroz, judías y pollo que compré a Paracatú. Me sienta bien. Pido, para acabar, un sorbete de piña (sorvete de abacaxi) hecho con leche de la casa, exquisito. Me permito hacer una cabezada, breve, a la sombra. Cuando abro los ojos estoy rodeado de un grupo de niños que han llegado en un autocar escolar.

Sigo en dirección a Cristalina, bebiendo mucha agua pero a buen ritmo. Llego a las 4 de la tarde, después de un tramo final de subida muy duro. Por el extra radio de la ciudad veo por primera vez construcciones de viviendas pequeñas, prefabricadas, uniformes, sencillas, que forman largas hileras. Vivienda social, subvencionada, para los más pobres, que son numerosos. La entrada a Cristalina-Central está también bordeada de casitas bastante tronadas, a pesar de que no  tienen una arquitectura uniforme. Voy hacia el hotel Cristal Park, en el centro, muy caro. La plaza está arreglada y pulcra. Al lado hay una padaria cuyo pan es delicioso. Compro leche para preparar un batido de proteínas. Descanso y salgo a cenar. Al atardecer hace fresco, la altitud es considerable y al llegar al hotel me tengo que tapar con una sábana.

5 de abril de 2012. Cristalina-Luziânia: 87 km … a 45 de Brasilia.

Hoy me levanto un poco más tarde: el desayuno lo sirven a las 7:00; creo que el motivo es que es Jueves Santo.
La etapa que me espera parece sencilla, unos 78 km hasta Luziania, o quizás algunos más si me acerco a la Capital a la que debo llegar pasado mañana. Me han invitado a unos amigos, ciclistas, al parecer comprometidos con diversas causas sociales, que he conocido por Facebook. Es curioso cómo pueden funcionar la redes sociales cuando uno viaja.

Al salir el recepcionista del hotel me anuncia que se trata de un recorrido muy llano, excepto en las inmediaciones de Sao Bartolomeu, pero en ningún caso me voy a encontrar con un relieve pronunciado.

Empiezo a pedalear con el fresco de la mañana acompañado de un viento suave durante los primeros kilómetros. El paisaje se compone de grandes llanuras. La vegetación autóctona combina con cultivos sobre todo de maíz (milho). Efectivamente, después de cruzar el río Sao Bartolomeu el relieve se vuelve más accidentado. Voy rodando por el arcén donde encuentro la sombra de la vegetación. Cuando el sol cae a plomo sufro. El plato pequeño del cambio de marchas vuelve a ser protagonista en un par de ocasiones.

Llego cansado a un posto de carretera, un “Posto Corujao”, a 15 kilómetros de Luziania, mi destino, de momento. De todas formas nada que ver con el agotamiento que sufrí al llegar a Paracatú. Como bien en el posto. Por suerte, la comida aquí en Brasil, que suele ser siempre abundante, me causa una excelente sensación  y me adapto bien a los nuevos sabores. Puedo recuperarme fácilmente gracias a la alimentación y no sufro del estómago en absoluto, algo que es temido por los viajeros. Pido a la camarera si puedo dejar a mis bidones de agua a enfriar en la nevera; me responde que no hay ningún problema. Me pongo una camiseta nueva y me siento en una mesa, al aire libre, despliego el mapa y me dedico a darle vueltas a un tramo de la hoja de ruta que se presenta complicada: Uruaçú – Sao Felix do Araguaia. Creo que encuentro la solución. Luego veo una alambrada donde cuelgo la ropa húmeda, como suelo hacer en muchas paradas de carretera. Se seca deprisa, con el sol y la sequedad del clima. La recojo antes de volver a montar en la bicicleta, me embadurno nuevamente de crema solar, recojo los bidones de agua, bien frescos, y encaro decidido hacia el fin de etapa. Cuando lo tengo todo listo algunos automovilistas se me acercan. Hablo con ellos. Un hombre lleva un sombrero de vaquero, me dice que Brasilia está “cerca”, a “sólo 60 kilómetros”, que la carretera es plana o bajada… de todos modos 60 km en bici no son lo mismo que está pensando él, con un buen coche: ¡teoría de la relatividad! Le digo que para mí pueden representar tres horas; el hombre ríe.

Paso de largo por el desvío donde dice Luziania; he visto un indicador en el que se anuncia, a 10 km, el Hotel Passarela – Posto BR. Ganaré 15 kilómetros y quedaré a sólo 45 del centro de la Capital. Llamo a Diego de Paula, mi futuro huésped y contacto de las redes sociales y que lidera el proyecto “10 por hora”. Quedamos al día siguiente a las once, Viernes Santo, en un lugar de la carretera, a la entrada de la ciudad, en el “Museo Catetinho”.

6 de abril de 2012 – Luziania-Brasilia (DF)

Salgo del hotel por una carretera ancha pero bastante tronada, sucia, con barracas a ambos lados. Gente esperando en las paradas de autobús, gente en bici, arrastrando carretillas con todo tipo de desechos, a veces de fruta. Este cuadro se repite hasta que me adentro en las primeras avenidas de la capital: todo se transforma, la medianera es verde, rebosante de vegetación y está muy cuidado, el ajardinamiento es esmerado.

Diego y su amigo, André, vienen a buscarme al punto de encuentro previsto.  A ambos lados de la BR, convertida en avenida, se levantan chalés y condominios espectaculares, como nunca había visto en Brasil. Recintos cerrados, muchos de ellos fuertemente vigilados. Se alternan embajadas y residencias de diplomáticos.

Todo es moderno y pulcro, el lujo se deja ver en paseos, viviendas, coches. Por las calles, grandes avenidas, no se ven comercios, ni gente paseando. Al parecer toda la vida urbana se concentra en el centro, y más concretamente en el centro de las grandes manzanas en que está estructurada la ciudad planeada por Oscar Niemayer, y en los grandes centros comerciales.

Entrada a Brasilia

Acercándome a Brasilia

Hacemos un fantástico, casi irrepetible diría yo, recorrido urbano de 39 km con las bicis por la ciudad. El motivo: Semana Santa, todo el mundo, los funcionarios, hacen vacaciones, y la ciudad se vacía. Había venido a Brasil para conocer su parte más rural, por su naturaleza tropical, para llegar al Amazonas, pero no puedo dejar de quedar impresionado por esta ciudad, distinta.

Con Diego y los amigos de 10 por hora

Con Diego y los amigos de 10 por hora


No quiero dar ahora una serie de datos e información sobre esta ciudad, que hoy en día se puede encontrar en todas partes, en libros, en la red. Kubitschek, Niemayer, planeamiento, detalles arquitectónicos y urbanísticos. Prefiero hablar de los amigos que he conocido, de sus proyectos, de la música que escucho en casa de Diego, Elomar Figueira Melo.

7 de abril de 2012 – BRASILIA (DF)

No hago nada especial. Vamos de compras, desayunamos, charlo con Diego. Es un joven idealista, estudiante de derecho. Siente admiración por el movimiento de los trabajadores sin tierra, por la bicicleta, por la sostenibilidad, por los derechos de los indígenas de su país. La actual presidenta del país, Dilma Roussef, tomó las armas en Araguaia.

Cerca de Brasilia todavía existe una pequeña comunidad indígena, el “Santuario”. Se encuentra junto a la capital y el desarrollo urbanístico ha provocado un choque… los promotores ya quieren disponer de tierras que durante siglos les han pertenecido, donde además están enterrados sus líderes, los “Pajés”. Los indígenas están en pie de guerra y los estudiantes les apoyan. La policía se lava las manos, la seguridad privada de los promotores es agresiva.

Diez años después he encontrado una entrada en la red que habla del asunto, al parecer, solucionado en 2016 a favor de los indígenas. Espero que sigan ahí, disfrutando en paz de lo que les pertenece.

Aquí donde vive Diego, en el Plan Piloto, todo guarda un orden cartesiano, resultado de la funcionalidad de su diseñador y urbanista. El supermercado al que hemos ido podría encontrarse en cualquier capital del “primer mundo”.

Por la tarde conozco a uno de sus amigos, Uirà. Sus hijos, Uirà y Cauá también llevan nombres indígenas. Ha sido un día muy “barcelonés”, muy urbano, como un domingo en mi época de estudiante.

Uirà es mayor que Diego, padre de dos hijos, casado con una chica de Vitoria, muy guapa, rubia, con rasgos poco brasileños. Es funcionario, pero tiene también un proyecto solidario relacionado con la bicicleta, la sostenibilidad: Rodas da Paz.

Por la noche la cosa se anima. Cogemos las bicis (toda la familia de Uirà se mueve en bici … a los niños les llevan en sillitas) para ir a conocer un bohemio, un “morador da rua”, Francisco. Tiene 39 años y vive con su bici, que ha construido él mismo. Está dotada de un dispositivo eléctrico increíble, y ha adaptado una portadora: Francisco vive de vender las latas de refresco que recoge por toda la ciudad, a 2 R el kg. Puede recoger 80 en un día. A Francisco le gusta leer, por la tarde, sentado en el césped de las cuadras (manzanas) del centro de Brasilia. Pero hay un orden del gobierno de limpiar la cara de las ciudades, para dar una buena imagen, de “País Emergente”, en el escaparate de los mundiales de fútbol.

9 de abril de 2012 – Brasilia (DF)-Padre Bernardo (GO) – 90 km.

Diego y André me llevan en coche hasta la salida de la ciudad. Es lunes (de Pascua, festivo en Cataluña pero laborable aquí) y el tráfico denso, casi impracticable, vuelve a Brasilia.

Es mediodía y tengo el tiempo muy justo para llegar a Padre Bernardo antes del anochecer… a 90 km y con una ruta que he estudiado poco. A los pocos kilómetros de empezar caer un chubasco intenso. Paso casi una hora en una especie de bar, donde tomo un refresco y como unas patatas fritas de bolsa. Cuando para un poco sigo, tengo que salir adelante, sino no voy a llegar al destino de hoy, al ansiado techo y la reconfortante cama.

Pocos kilómetros más allá veo una gran restaurante-pamonheria (pamonha es como se llama la mazorca de maíz en portugués). Está lleno a rebosar: un grupo de estudiantes de derecho, de Tocantins (Palmas), han ido a un congreso en Brasilia. Están de vuelta. Les comento que, aparte de hacer locuras en la bici viajando por su país, soy o fui abogado. Hablo con un grupo, chicos y chicas muy serios y bien educados. Como copiosamente: lo que me queda por pedalear es duro y hacerlo contrarreloj por primera vez va a ser un reto, pues en el viaje no tenía planeadas etapas deportivas.

Carretera GO080: montañas verdes, peladas de árboles, ganadería abundante… y un arcén infame. Opto por circular por la calzada, hasta que oigo el ruido de los vehículos acercarse. La ley de Murphy se cumple: primer pinchazo del viaje, la ruedecilla del bob-trailer. Sube-bajas, rompepiernas, la tarde que cae a plomo, sumamente deprisa en estas latitudes. Me detengo en un pueblo a unos 5 km del destino previsto, Trojania. En un pequeño taller de bicis el propietario me regala dos tapones para la válvula de la cámara, había perdido uno al arreglar el pinchazo.  Al salir del pueblo me encuentro con una bajada que me alivia las piernas y me llena de optimismo.

Finalmente llego con luz de día, todavía, a Padre Bernardo. Me alojo en el hotel Umano, que tiene una padaría (panadería) abajo, del mismo propietario. Me dan un ticket para que desayune lo que quiera allí. Conclusión: desayunaré bien.

La recepcionista, Célia, me ayuda incluso a subir la bici al cuarto. La habitación es enorme, muy “retro”, años 50-60, me recuerda a un hotel de Tremp, el Segle XX, antes de que lo reformaran en los años 90.

10 de abril de 2012 – PADRE BERNARDO-BARRO ALTO (GO)

Me levanto y bajo a desayunar. Célia se encuentra ya en la recepción. Me espera con una sonrisa de oreja a oreja. Me dice que pensaba que ya me había ido sin decirle nada.  Hablamos brevemente de cosas banales. La comunicación no verbal va más allá. Debo salir pronto para evitar el sol y el calor y se me hace duro tener que poner fin la conversación. Le digo que debo comer fuerte antes de emprender la ruta; son poco más de las 7. Parece que Célia se va a asegurar de que no me falte de nada en el desayuno.

La padaría está bien surtida, aunque no hay fruta, mi delirio alimenticio aquí en Brasil. Pido un bikini – bocadillo mixto de jamón y queso (mixto de queijo presunto), dos panecillos de queso (pao de queijo), un batido de açaí (eso sí es fruta, pero creo que procesada) y un café brasileño, un culito de vaso bien dulce. Quemaré el azúcar.

Salgo a las ocho y media después de haber hecho unas fotos de la calle en obras. Tomo la ruta dirección Barro Alto-Uruaçu. El pueblo es mucho más sencillo, mucho más rural que los que ví en Minas Gerais, también las construcciones parecen más nuevas, más recientes.

Primera sorpresa en llegar al primer indicador kilométrico: “BARRO ALTO 95 KMS – DOIS IRMAOS 50 KMS”. Las distancias siempre se alargan, yo contaba 86 como mucho después de analizar minuciosamente mi plano. Ya me voy acostumbrando sin embargo, a esos pequeños jarros de agua fría, las piernas, también.

El desnivel de la etapa es bastante más plano, pero he tenido que hacer un par de tramos con bastante pendiente, una de ellas con un desnivel positivo de 500 m, con el sol apretando. He pasado la mayoría de la etapa planeando entre infinitos campos de maíz y soja y pasto para el vacuno. Las vacas son del “tipo hindú”, blancas y con una joroba, aunque se ven bien alimentadas, hierba no les falta.

En en Dois Irmaos, a mitad de trayecto, como tenía previsto, en una cantina típica, sencilla, almuerzo como casi siempre arroz abundante, ensalada, carne. Descanso, me refresco, hace sol y muchísimo calor. Renuevo la protección solar en cuello, piernas y cara. He decidido llevar camiseta de manga larga para protegerme de la excesiva insolación.

Hacia el Km 60 entro en una especie de desfiladero entre montañas. Pero por suerte la carretera planea bastante, sin acusar desnivel. Por primera vez viajo rodeado de un paisaje que me recuerda a mi país, de las comarcas gerundenses, del Pallars. Al dejar el desfiladero cae un bonito chubasco, intenso, pero nada molesto, refresca. Pedaleo con alegría. Consigo mantener un  buen ritmo, la carretera sigue planeando y la lluvia se desvanece.

 

Llego a Barro Alto antes de lo previsto en el cuentakilómetros. A veces las imprecisiones juegan a favor de uno. La entrada a Barro Alto, entre árboles y prados verdes, atravesando un arroyo, me recuerda de nuevo los pueblecitos de la parte más húmeda y montañosa de mi país.

Barro Alto es una pequeña ciudad de nueva planta, casas bajas, algunas de un par o tres de pisos. Tiendas, sobre todo borracharias (comercios de neumáticos para vehículos, nuevos y usados) y repuestos para el automóvil. Las calles son perpendiculares, formando manzanas cuadradas. Los pavimentos, los paseos, tienen un aire desgarbado, lejos del orden que vi en la capital federal.

Pregunto por un hotel, no hay demasiado dónde elegir y el que me recomiendan está bastante bien. Me doy cuenta de que el hombre al que he preguntado ha sacado su vehículo, me acompaña hasta el hotel. No escribiría esto sino fuera que es la segunda vez que me pasa: hospitalidad brasileña “demais”.

En el hotel me hacen una oferta de 60 R por la habitación y el desayuno. Les digo que voy pagando una media de 40, la recepcionista ríe y lo dejamos por 50. Es un hotel nuevo, limpio, y me garantiza un buen café da manha (desayuno).

11 de abril de 2012

Despierto muy relajado, el desayuno está, efectivamente, bastante bien, incluye la fruta que tanto me gusta, papaya (mamao), melón y un bocadillo caliente, pao de queijo y bolo (pastel). Añado dos cucharadas de “whey protein” (que compré en Brumadinho) en el Café con leche. Siento cierto desgaste, kilómetros acumulados, calor, pocos ejercicios complementarios para mantener el cuerpo en forma. Me dispongo realizar con tranquilidad los 70 km previstos en la etapa de hoy.

Salgo que ya son las ocho pasadas. Pequeña subida a la salida, unos tres o cuatro kilómetros. Pronto me encuentro entre plantaciones de seringueiras (el árbol del caucho), soja y maíz.

Llego sin dificultad en el km 50: hay un restaurante, “Restaurante e Lanchonette Chaparral”. Allí conozco a Relton, un brasileño que pasó tres años en Barcelona y cuyo hermano todavía está en Sitges, pero trabaja en Barcelona, ​​en los bares del Port Olímpic.

 


Después de comer y descansar un poco al fresco, remojarme y renovar la crema solar… (mi ritual de ruta), vuelvo a la carretera. Relton me dice que estoy a pocos kilómetros de Uruaçú, pero hay subiditas, no en vano me encuentro en plena “sierra”; son cuatro toboganes y ya me encuentro por encima del paralelo 15 sur: el sol del mediodía me deja frito. Estoy bien, sin embargo.

Entro en Uruaçú por una bajadita. Aquí me quedaré dos días, haré charlas, las primeras en una escuela de Goiàs. Quiero aprovechar para descansar, lavar ropa, ajustar la bici. Busco un hotelito cómodo, moderno, sencillo. Encuentro uno sorprendentemente nuevo, moderno, limpio, con empleados uniformados y eficientes. El recepcionista que me atiende es un estudiante de derecho, es padre de familia, dos hijos, habla español.

Uruaçú se encuentra en plena región minera, cuenta con una población de 36.000 habitantes en expansión. Hay movimiento comercial, construcción. Algunos hablan español, en las mineradoras trabajan, por lo que dicen, muchos chilenos.

Llamo a la Escuela Estadual Polivalente, donde me dan cita a las cuatro de la tarde. Conozco a Edivania, la directora, de piel muy blanca, con los ojos azules, parece de Munich, es muy extrovertida, muy simpática, parece muy sincera. Me presentan también las dos profesoras de español del centro: Rosimar y Magda. La primera tiene un conocimiento práctico de la lengua, ha vivido en Mijas, Málaga, y se le reconoce el deje andaluz. Magda ha tenido una formación más académica, en Brasil.

Me piden que haga cuatro charlas (palestras), ¡tendré el día totalmente ocupado!

Vuelvo al hotel y hago el mantenimiento de la cadena de la bici. Son ya 1.400 kilómetros y es necesario cuidar la mecánica básica. Al terminar me ducho, me lavo a fondo las manos grasientas y salgo a cenar a un restaurante donde sirven comida en abundancia. Me llevo el resto en una “marmitex”: servirá para comer al día siguiente.

Estoy animado. Después de la cena me siento en un bar lleno de gente con la música a todo volumen, sertaneja. La gente bebe cerveza, yo, un batido de guayaba (“vitamina”).

 

12 de abril de 2012. URUAÇU – EE Polivalente (II)

El día de hoy ha sido muy apretado. Sería muy largo explicar las experiencias vividas en la Escuela, donde finalmente he hecho cinco sesiones de mi charla, ante más de 200 jóvenes como poco. Todo en un día en el que el termómetro, a la sombra, marcaba 32ºC .

Como había apuntado, la profesora Magda tiene una formación académica, universitaria, en Español, pero, como reconoce, tiene poca práctica, poca “vivencia”. Es decir, no ha estado en un ambiente de inmersión lingüística. Da las clases por la mañana, a los alumnos que tienen entre 12 y 16 años. Los mayores se ven más maduros a primera vista. La segunda conferencia de la mañana fue para jóvenes de 14-15. Me sorprende la disciplina con que se comportan… en mis conferencias. Hacen preguntas sobre mi país, el papel de la mujer… y su “belleza”, sobre el racismo: les preocupa mucho, tenemos fama de racistas, al parecer. Son muy coherentes en sus intervenciones. Solo a modo de anécdota sale el tema del fútbol, ​​de Messi.

En las charlas de la tarde me acompaña Rosimar. Habitualmente, los chicos de la tarde son más difíciles, con un entorno social más problemático. Pero son entrañables, y no les falta la atención. Por la noche encuentro incluso a una chica de 20 años que necesita la titulación.

Rosimar se excusa de que nadie, ninguno de los profesores, se haya ofrecido a salir conmigo. Los brasileños, tan animados, no tienen costumbre de salir demasiado entre semana. Sus vidas son tranquilas, sus jornadas laborales largas, pesadas. Enfatiza  que todavía menos es costumbre entre las mujeres solas, y menos si están casadas.

Estoy en el patio de la escuela, pasando el tiempo entre charla y charla. De repente cae una intensa lluvia tropical bajo un sol de tarde: un arco iris espectacular. Lo fotografío todo.


lluvia de tarde en Uruaçú

Quedo cansado: finalmente hago dos sesiones por la noche, a las 20:00 y las 22:00, salgo de la Escuela a las 23:00. Estoy muy contento de los contrastes de hoy, del trueque cultural con maestros y jóvenes.

Las sesiones con las chicas y chicos de la tarde han sido conmovedora, impresionantes a veces. Una chica me habla de una prima suya que tuvo que marcharse a España y prostituirse y ganar dinero para mantener a su hijo. Conozco esta historia que tristemente se repite a menudo. También he conocido a una chica brasileña, criada sin embargo en Portugal. Tiene 18 años y acusa el cambio cultural. Se ha criado en el rigor europeo, se siente algo desplazada aquí.

Entre charla y charla y charla he comido un cuenco de canjica, maíz con leche, azúcar (de caña, claro, tan bueno y diferente) y raspadura de coco. Es energético, a los niños les gusta, es saludable.

Doy entrada al tema gastronómico: aquí en la región todo el mundo me habla del pequí, un fruto muy sabroso con el que suelen acompañar los platos típicos, especialmente los arroces. Por desgracia no es la estación, pero confío en que podré probarlo y, … me quedo un día más en Uruaçú, ¡me estoy enamorando!