Un viaje hace 10 años. Un viaje ligado al nacimiento de Ideesfixes.cat, a un cambio de profesión, de vida y de perspectiva frente al mundo.

De este viaje nació un cuaderno de viaje del que publiqué 2000 ejemplares en catalán. Ahora en este blog me propongo publicar una versión revisada y ampliada del sencillo cuaderno.

Primera edición en catalán de mi libro.

 

INTRODUCCIÓN

¿Quiénes somos?

Associació Ideesfixes.cat es una asociación sin ánimo de lucro legalmente constituida en Cataluña, España. Cataluña es una comunidad autónoma competente para legislar éste y otros aspectos.

Nacimos con un proyecto: realizar un viaje en bicicleta por Brasil, unido a un proyecto educativo para jóvenes adolescentes: Dar a conocer la realidad de nuestro país y del entorno europeo a los jóvenes brasileños del Brasil quizá menos turístico, mediante una serie de charlas más o menos organizadas.

Escogimos como punto de partida un lugar emblemático para el deporte de la bicicleta de montaña en Brasil i en todo el continente sudamericano, el estado de Minas Gerais y más concretamente la ciudad de Mariana, una de las ciudades históricas del Brasil.

Praça Minas Gerais, Mariana, Brasil

La llegada tenía que ser el río Amazonas, alma de Brasil, símbolo de una naturaleza en estado puro y de unas gentes que se debaten entre la supervivencia, la modernidad, sociedades frías y la preservación de un entorno natural armónico.

Puesta de sol en el Amazonas

 

El viaje tuvo lugar entre el 17 de marzo y el 31 de mayo de 2012, en un Brasil gobernado por Dilma Rousseff, continuadora de los planes de Luis Inázio Lula da Silva en lo que nos atañe, una etapa que por lo que respecta a la educación pública, representó un período de mejoras en la necesitada red pública de centros educativos y también del intento de introducir la lengua española como materia curricular por ser la lengua oficial de casi todos los países limítrofes.

 

Mapa de las primeras etapas

Mapa de las primeras etapas

 

Nómadas del S XXI

Ideesfixes.cat como proyecto está muy unido a lo que yo en su día nombré y luego fue denominación común nómadas del siglo XXI, neo-nómadas o, más recientemente nómadas digitales. (1)

(1)

Meggan Snedden (30 August 2013), When work is a nonstop vacation, BBC.com – Capital

Australia.

Fernández Vicente, Antonio. Nomadismos contemporáneos: formas tecnoculturales de la globalización Universidad de Murcia, 1ª edición, Murcia, 2010. ISBN 978-84-8371-651-9

 

Si en los años 1970’s comienza una revolución que cuestiona los principales valores de la cultura occidental y de un período de cierta estabilidad económica y en valores tras la Segunda Guerra Mundial, el nomadismo ejercido de una forma frívola por parte de los privilegiados se conjuga paralelamente con los movimientos demográficos motivados por la necesidad. Teníamos también como referencia las gestas de grandes aventureros, la vocación nómada de  la enseñanza los sofistas, un cóctel de voluntades de aportar algo positivo a este mundo y una etapa vital desbordante de vitalidad.

El nómada es como el docente, sobre todo un ciudadano anónimo, ansioso de libertad y de aprender en cada enseñanza, por las nuevas dudas que se plantean a cada paso, conscientes que que, como más sabemos, más nos alejamos de patrones y verdades absolutas.

 

  • “Lo que importa es el hecho de la tentativa y no su objeto. (…) , el joven que durante algunas semanas o meses se aísla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (las sociedades indígenas también conocen estos matices), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de auto mistificación del grupo, que explica el fenómeno en todos los casos.”

 

Claude Lévi-Strauss. Tristes trópicos.

Partida.

12.12.2012 a las 12:45 (hora de Barcelona,  GMT + 1). Día recurrente en su numerología. Es la hora en que sale mi vuelo hacia Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, Brasil.

Familia, mi mejor amigo, compañero de muchas rutas ciclistas y sobre todo el culpable de estar impregnado por el virus de la bicicleta, Joan Carles Carles y junto a él el pesado equipaje compuesto por la bicicleta, el carrito que voy a llevar en lugar de las habituales alforjas.

Quedan detrás casi ocho meses de preparativos: la ruta, mi proyecto personal, los contactos imprescindibles, el aprendizaje de un rudimentario portugués brasileño y un entreno personalizado con mi amiga Maryan.

Quería que fuera (todos somos egoístas) mi viaje, un viaje diferente, al límite de la aventura, un viaje en el que tuviera cabida un discurso, abrir mentes y puertas, dar una utilidad y ver como da sus frutos el haber acumulado conocimiento a lo largo de una vida. Me iniciaba, por aquel entonces, también como docente, la que sería luego mi profesión tras un cuarto de siglo dedicado a los seguros.

El objetivo es pedalear por un Brasil interior al margen de los destinos turísticos más usuales y, sobre todo, poder ofrecer a unos jóvenes adolescente, una pincelada de Cataluña, de España, de Europa. Una sencilla postal que abra las despiertas mentes de los jóvenes a un mundo y una cultura si no desconocida, muchas veces idealizada por las ansias de emigrar a un mundo que imaginan más rico, mejor.

Este contacto con las escuelas me permitirá comunicar y salir del anonimato mal aceptado con que se mueve el turista habitual, convirtiéndome además en un personaje casi quijotesco que penetra en sus vida de la mano de su discurso. El escenario, marcado por la sorpresa de sentirse visitados en un mundo suele quedar al margen de miradas y cámaras fotográficas.

AVIÓN HACIA LISBOA

Barcelona-Lisboa , desde allí el gran salto a Brasil. Nervios y despedida. Mi familia es fuerte y nunca podré agradecerles suficiente que entendieran ese viaje.

Quiero dejas que los hechos acontezcan y no ir a la búsqueda de nada concreto, más allá de un más o menos riguroso cumplimiento de la hoja de ruta, trazada durante horas en mi despacho.

Años después he constatado la fuerza de mis hijos, a pesar de que cuatro años después de este viaje viví con dolor la separación de mi mujer, tras más de veinte años juntos.

Vuelo sin incidencia alguna y llego a Belo Horizonte a las 23:45. El primero en sorprenderme es el calor tropical, acompañado de humedad y lluvia cálida.

A pesar de que había establecido un contacto con un brasileño desde Barcelona para recogerme en el aeropuerto, no encuentro a nadie esperándome en la terminal. Me pongo algo nervioso y llamo a mi contacto, a Edgar. Por suerte responde rápido a mi llamada y me dice que está llegando, que la fuerte lluvia que car le ha retrasado.

Edgar es un joven de mediana estatura, más o menos como yo, delgado, algo más moreno de piel. No habíamos podido contactar con anterioridad, a pesar que en 2012 las redes sociales ya habían alcanzado una difusión planetaria que me había permitido hacer algunos contactos en Brasil gracias a Facebook concretamente. Sin embargo mantenemos una conversación fluida en esa lengua de encuentro a caballo des español y del portugués. Me habla de sus proyectos de negocio, de los viajes que ha hecho a Europa, de las minas que explota su familia. Edgar pertenece a una saga familiar relacionada con la explotación de las minas de topacio imperial. Conoce Barcelona, lo cual ayuda a crear un clima más distendido en este encuentro. A los barceloneses nos encanta, en general, hablar de nuestra ciudad.

Llegamos a su casa, un apartamento en un décimo piso en un barrio moderno, donde he visto casas bastante lujosas, tras un tortuoso trayecto por una ciudad que me ha parecido urbanísticamente caótica. El edificio está rodeado de rejas y alambradas.

Me muestra mi habitación, ya tarde. A pesar de que estoy relajado, sólo consigo descansar unas horas. Seguramente sufro las consecuencias del jet-lag y de no haber comido nada durante muchas horas.

13 de marzo de 2012

Me he levantado temprano y he hecho algunas fotografías desde la ventana de la habitación. Altos edificios y casas arregladas, también, muy cerca construcciones sencillas, próximas a las favelas, término que los brasileños han aportado tristemente al vocabulario urbanístico. Desde este hueco, con una perspectiva de 180 y desde la altura, constato los contrastes.

Los árboles del vecindario dejan claro que me encuentro en un país tropical. Me fijo en ellos, en su tamaño, su color. Edgar duerme todavía. Espero paciente la hora del desayuno. Escribo.

14 de marzo de 2012

Ayer (por eso escribo un día más tarde, ya en Mariana) tuve un día de perros en Belo Horizonte. No conseguí llevar a buen fin ninguna de las sencillas gestiones que tenía previstas, a pesar de ir en compañía de Edgar. Tenía que activar una tarjeta de débito y cambiar divisas. Me encontré con bancos fuertemente vigilados por guardias de seguridad que parecían formar parte de un ejército de mercenarios; noté cierto reparo, sino miedo, en Edgar, el cual mostró reparo en entrar en la entidad en mi compañía. En resumen, la tarjeta fue denegada y bloqueada por el cajero automático y aprendí que sólo la oficina principal de los bancos, en las capitales de estado, estaban autorizadas para cambiar divisa. A pesar mío, tendría que llevar conmigo una cantidad de dinero en efectivo que no me parecía segura.

Por la tarde, a las 14:00, con retraso, salí de viaje en autocar en dirección a Mariana, cargado con la bicicleta y todo mi equipaje. Los brasileños son amables i me doy cuenta de que prefieren una solución fácil al enfrentamiento con usuarios o clientes. Bien al contrario de lo que acostumbra a suceder con el común de los funcionarios y empleados de banca del viejo continente, que parecen preferir complicar la vida con la única finalidad de ahorrarse tener que hacer un trabajo adicional que consideran no remunerado (esto es, ayudar desinteresadamente al prójimo). Creo que una suma de pequeñas actitudes positivas, de pequeños detalles, es lo que hace del brasileño un pueblo singularmente feliz, por lo menos a primera vista.

Llegué por la tarde a Mariana, a la parada de ónibus, dónde me esperaba Luiz, Luiz Otávio da Trinidade Bizute, un guía local y excelente persona, que me acompañó al hotel que ha reservado para mí, en pleno centro histórico de la ciudad histórica, el hotel Faisca. Es un hotel caro, pero son pocos días los que voy a estar allí. Voy a pagar el lujo de estar tranquilo, montar la bicicleta y hacer los ajustes necesarios para el viaje, comer bien y, sobre todo, entrar en el proceso de conocer una nueva cultura, una nueva gente.

Hotel Faisca

Un hotel encantador y familiar

Esta mañana, a las nueve, recibo las primeras muestras de la hospitalidad minera. Si bien me he levantado antes y he tomado un copioso desayuno, el cual está servido a partir de las 6, me he entretenido a poner orden al equipaje. A las nueve, como decía, viene a buscarme otro guía de turismo, de la organización de Luiz, Elias, para acompañarme y aleccionarme durante un largo paseo por Mariana sobre la historia, el arte y las costumbres locales. Me siento acogido, con gente con la que creo que voy a ser capaz de compartir mucho, lo cual que hace pensar que lo que estoy a punto de iniciar sea una aventura ni mucho menos una proeza. Tras el paseo vuelvo al hotel. Escribo, contacto con mi familia. Descanso y saco la bicicleta de su caja.

Desembalando la bicicleta

Revisando las piezas. Todo en orden

Balcones de Mariana

Balustras realizadas en “pedra sabão”

Mariana

Las antiguas calles de Mariana con este pavimento empedrado aguantan las lluvias torrenciales del trópico

 

15 de marzo de 2012 Mariana – Ouro Preto

 

Comienza un nuevo día de un modo agradablemente imprevisto. Elias viene de nuevo a buscarme al hotel para dar otro paseo por Mariana, por su vertiente más espiritual o más material y terrenal, según por donde se mire.

Según la reseña histórica, utilizando la mano de obra esclava, los colonos portugueses, propietarios de las minas i, por extensión el brazo espiritual del poder colonizador, acumularon fortunas que les permitieron llevar a cabo empresas a veces faraónicas.

Los esclavos, negros, jóvenes fuertes y bien alimentados hasta los catorce años, comenzaban, adolescentes, una vida de infernal trabajo que, en la mayoría de casos, no iba mucho más allá de los veinticinco cuando, sus cuerpos que consumían agotados después de haber sido sometidos por una curiosa y efectiva combinación de cachaça y malos tratos.

Los colonizadores se hicieron traer de Europa, vía Rio de Janeiro, por mar y después en carros de bueyes, lámparas de cristal de Bohemia, estatuas y otros ornamentos de lujo. Sin embargo aparecieron también artistas locales singulares, que en la época dorada, el S. XVIII, nos dejaron magníficas obras de arquitectura y arte en todas sus vertientes (pintura, escultura, música, orfebrería). Este esplendor tuvo como marco este mundo tropical, un mundo muy distinto y inhóspito para el europeo. Y son precisamente estos contrastes, a veces salvajes, de esplendor y miseria, que dejan su huella en forma de brillantes legados que admiramos de manera estática siglos después.

Visito el museo de Arte Sacro, sólo superado por volumen i valor de la colección por el de Salvador en el estado de Bahía. La obra del gran artista local, Aleijiadinho, es omnipresente, dentro y fuera del museo. Aleijiadinho (el lisiadito en portugués), nacido Antonio Francisco Lisboa, fue el hijo de un colono y de una esclava. Su apodo le viene dado, seguramente, por padecer lepra y, cuenta la historia, que sus ayudantes tenían que atar cinceles y herramientas a sus manos para que pudiera trabajar, debido a la degeneración que sufrían sus manos.

Seguidamente, tras beber agua en una fuente, subimos al Seminario. Allí estudiaban, al más puro estilo decimonónico, en práctica clausura, más de sesenta seminaristas. El edificio es sobrio, con las mejores vistas sobre Mariana que pude tomar, dejando su imprenta con su tejado cual ballena extendida en el medio de la montaña tropical.

No quiero olvidar un detalle, pequeño vestigio significativo de la opulencia de antaño, que es la escalinata incrustada de topacios, todo ello en una pulcritud sobria y enmarcada en la ufana vegetación.

 

Al acabar la visita tomamos algo en una lanchonette (casa de comidas) donde pruebo una especie de empanada que denominan salgado (salado) y un riquísimo zumo de frutas.

Por la tarde salgo con Luiz. Vamos a visitar una cascada (cachoeira) en Brumado. Se trata de uno de esos lugares que agrupan a mucha gente los fines de semana, entorno a una especie de merendero. Allí iniciamos un divertido periplo por tabernas locales donde combinamos delicias gastronómicas locales (carrillera de cerdo, pescado de rio – cascudo -…), con abundante cerveza fría.

Acabo la jornada agotado, pero con una apacible, casi letárgica, sensación de felicidad. Al llegar a la habitación caigo en un sueño agradable y reparador.

17 de marzo de 2012 – Empieza el viaje.

Comienzo el día animado, hoy se inicia la aventura. La noche anterior cené bien, en el restaurante el Rancho, una comida calórica típica de la región minera, a base de pollo cocido en una cazuela de piedra (pedra sabao) con verduras y el omnipresente arroz. Al levantarme he desayunado bien también, lo habitual en el hotel Faisca.

La maleta está a punto y me dirijo hacia la Plaza donde se encuentra la Oficina de Turismo; allí me esperan Luiz, Celinho y Marco Antonio, junto a una decena de jóvenes de la escuela Dom Vicioso. Entre ellos se encuentra una chica de mirada penetrante, llena de vida y alegría, que fue fotografiada por Luiz durante mi conferencia, y cuyas fotos encontré en la memoria de mi cámara.

 

Tras un breve intercambio de camisetas con Luiz y Celinho, éste último me regala un libro dedicado: Amazonia; a viagem (quase) impossivel. A primeira travessia da floresta amazonica de bicicleta, escrito el 1978 por la neozelandesa Louise Sutherland … si ahora mi diario se ralentiza es debido a que paso las noches leyéndolo. El libro es una muestra más de la fuerza que poseemos los seres humanos. Volviendo a mi viaje, a mi diario, simplemente recuerdo haber podido tomar pocas fotos, dado que ha llovido prácticamente durante todo el trayecto. De Ouro Preto a Itabirito bajo una lluvia intensa. El paisaje mostraba su verde tropical más intenso. La vía del tren, de mercancías, pasa a vece al lado mismo de la carretera. He observado muchos desprendimientos causados por la lluvia tan frecuente.

Por suerte en la carretera el tráfico es moderado, excepto en el tramo correspondiente a la travesía urbana en la parte alta de Ouro Preto, donde imperaba un caos circulatorio, a pesar (o por causa de) ser sábado

Veo, como el otro día en Mariana, procesiones y manifestaciones religiosas por la calle: creo que será un constante en el país. Esto me recuerda una conversación con Luiz justo antes de marcharme. Luiz me habla de “Candemblé”, de los nombres de Santos, San Jorge-Orixá; San Jerónimo-Shangú, el santo de la justicia y de los abogados. En Brasil las religiones conviven, se solapan, se vuelven sinérgicas. He marchado bajo la protección de Shangú, y, aunque soy poco dado a creencias nuevas, he marchado reconfortado. Uno puede ser agnóstico, incluso ateo, pero sólo los pobres de espíritu se ríen de las creencias que las buenas personas llevan arraigadas. Quien respeta a una persona, debe respetar lo que ella cree.

Me detengo a comer cuando sólo faltan unos 20 km para llegar a Itabirito. Sigue lloviendo. Es una gasolinera con un área y restaurante (lo que llaman lanchonettes) pulcra y con buena comida. Lo que queda de camino hacia Itabirito es plácido.

 

Al entrar en la ciudad ha dejado de llover y recibo muestras de simpatía por parte de los automovilistas locales. Llego a la estación (de tren) donde un joven me recomienda un hotel. Me instalo deprisa para pasar por la ducha y quitarme el pulso y barro marrón – rojizo que cuerpo y ropa han acumulado durante los primeros 50 km de viaje: para el ciclista empedernido: 54,4 km de etapa en casi 6 horas (contando la parada para el almuerzo).

18 de marzo de 2012. Itabirito-Brumadinho

La de hoy ha sido una etapa inesperadamente dura y siento que en lo sucesivoo sufriré el peso del carrito que arrastro con mis pertenencias. Aunque creo que es el mejor sistema para viajar en bicicleta transportando más de 25 kilos de peso, el invento frena mucho en los perfiles tipo tobogán: el peso tira en la subida y limita la velocidad en la bajada (lo peor que puede ocurrir es que el carrito haga la pinza). Los 70 km de hoy han sido esto, subidas y bajadas que me han hecho recordar los entrenos “tobogán” realizados en casa con un programa informático y una biclicleta unida a un carrete, el BKOOL. Los 40 kilómetros finales que separan Trinidade de Paraopeba de Brumadinho transcurren entre un paisaje sumamente verde y el relieve rompedor para las piernas.

Decana de la siderurgia Brasileña (1888)

Me detengo ante la Usina Esperança , cuna de la siderurgia en Brasil, según reza la placa frente al edificio histórico. En 1888 la burguesía local decidió explotar los recursos naturales construyendo esta acería.

Encuentro con dos ciclistas en el puerto del Zheca Tatú

Alexandre, con quien conversé largamente durante el trayecto

 

Relajantes paisajes con suaves colinas.

Bar – biblioteca y museo vintage. Recoge dos de mis pasiones, la bicicleta y el vinilo. El otro también presente, son los libros.

Autocar – biblioteca

 

Impresionantes desniveles el los “Highlands” brasileños

Pista pavimentada entre colinas tropicales

 

Vista del santuario de Trinidade de Paraopeba

 

Encuentro con un grupo de “mountain bikers”

Esta parte de Minas, cerca de la capital, Belo Horizonte, es frecuentada por ciclistas de montaña-urbanitas. El ser fin de semana ha propiciado tres encuentros durante el trayecto: con un par de jóvenes haciendo un puerto de montaña, el Zheca Tatu, con un grupo bien nutrido de una docena de ciclistas cerca del santuario de Trinidade y con Alexandre, un músico de 44 años, que me ha acompañado varios kilómetros hasta Aranha. Alexandre, durante el camino que recorremos juntos, me habla de los problemas de la región, de las grandes compañías mineras que compran políticos, con dinero, y al resto de la población a base de realizar una pretendida obra social. La carretera por la que pedaleamos, me cuenta, era una pista hasta hace un par de meses, pero las mineras las han pavimentado a cambio de votos y favores. Alexandre tiene una formada conciencia ecológica. Aunque se puede contemplar a pie de carretera lo que hacen las compañías extractoras, parece que la naturaleza todavía se defiende bastante bien. Ahora bien, si este proceso no se detiene acabarán por arruinar este país verde y todos acabaremos sufriendo las consecuencias. A pesar de ello, percibo con claridad los olores que desprende el verdor que me rodea: pimienta, regaliz, aromas dulces flores y mariposas preciosas y multicolores que complementan el disfrute.

Brumadinho es un pueblo en medio de la nada desde la óptica del turista convencional. Me alojo en la pousada Lafevi, que se encuentra en un barrio que recuerda un poco a algunas urbanizaciones de clase media del bajo Maresme o el Tarragonés. La posada es de hecho una casa que han convertido en una especie de bed and breakfast, muy bien arreglado. Los propietarios son amables. El propietario ha montado el negocio al jubilarse de una compañía minera. Una de sus hijas es profesora de educación física en BH. De hecho LA-FE-Fi significa Laetitia, Felicia y Vittoria. Desde la terraza veo una imagen diferente de Brumadinho: urbanizaciones, un club deportivo con piscina descubierta. Todo bajo un cielo plomizo, un ambiente de bruma, que da su nombre al lugar. Cae una fina lluvia.

Por la noche ceno con el propietario. Mi intención era pedir una pizza pero me acaba invitando a cenar. Hablamos de la familia, de mi viaje, de su pasado como empleado de las mineradoras, donde ahorró dinero suficiente para construir la posada y jubilarse. Me dice que el tren minero con el que he tropezado arrastra 120 vagones de mineral de hierro en bruto que exportarán para hacer materia prima… a los países emergentes.

20 de marzo de 2012 – Brumadinho-Esmeraldas

Una etapa llana, aunque he tenido la primera experiencia comprometida al encontrarme inmerso en el tráfico rodado de camiones. Hasta Betim he pasado cierta angustia y he tenido que pedalear no ya por el arcén sino por el canal de drenaje: los camiones se me echaban encima. Por suerte han sido pocos kilómetros y pronto he torcido por el desvío hacia Esmeraldas, una carretera tranquila que incluso, en algunos tramos, presentaba un “carril bici”. Los toboganes se repiten entre el verde intenso. Viviendas, sencillas, a lado y lado del pavimiento. En un cobijo de la carretera incluso me he acostado a echar una siesta de poco más de un cuarto de hora bajo la fresca sombra de unos árboles fantásticos.

Siesta bajo la sombra de un árbol

Más tarde he comido por el camino, en una padaria donde he probado el polvillo, una pasta hecha de harina de trigo en forma de herradura. La padaria estaba junto a una parada de autobuses locales que hacen recorridos cortos, por los diseminados. Preguntar, incluso a los “profesionales” del ramo, sobre las distancias es aquí toda una experiencia: obtienes tantas versiones como encuestados abordas. Llego a la conclusión de que lo mejor es preguntarles el tiempo que tardan ellos en vehículo motorizado y realizar un cálculo aproximado multiplicando por cuatro o cinco. Los kilómetros oscilan a ritmo de samba.

A media tarde llego a la pousada Solar de Esmeraldas, regentada por una madre y una hija, Teresa, ayudadas por una amiga. Esta asociación viene siendo algo muy común aquí en Brasil, donde parece que la madre es el bastión de la familia y los lazos de amistad suplen las formas societarias en esto de los negocios familiares. Recuerdo que en Brumadinho a Luiz, también les ayudaban amigos. Seguro que entre ellos no hay ningún papel firmado. La pousada en Esmeraldas es una casa grande, con 7 habitaciones para huéspedes. Se encuentra en un diseminado, en medio de un paisaje muy rural: caballos, vacuno, cultivos. En la casa tienen 5 perros… no hay ningún hombre.

A las 8 de la noche ceno, me preparan una comida casera, abundante, al fresco. Al día siguiente desayunaré a las 7, para salir hacia Sete Lagoas, donde tengo prevista la próxima charla en una escuela. Saldré de la posada con una bendición y la medalla de un santo Candomblé que me regala la propietaria al conocer mi intención de pedalear hasta el norte del país. La guardaré todo el viaje y la guardo todavía conmigo.